lunes, 9 de noviembre de 2009

Buffet holandés

Y yo que me quejaba de la calidad de la hostelería argelina…

Cuando llegué al hotel de Rotterdam me asignaron una habitación del segundo piso, en un edificio anexo para el que había que salir a la calle. Era una especie de motel, con entrada a las habitaciones desde un corredor exterior. Como no encontraba el ascensor, regresé a recepción:

- Perdone, no encuentro el ascensor.
- No tenemos ascensor.
- ¿Tengo que subir al segundo piso con la maleta por las escaleras?
- Sí, claro.
- ¿Y no tiene alguna habitación en el primer piso?
- Las habitaciones del primer piso son de dos camas. Las camas grandes están en el segundo.

Subí al segundo piso por una escalera prefabricada de peldaños muy estrechos, entré en la habitación y descubrí que tenía dos camas de 80 centímetros cada una. Pensé que había entendido al revés la explicación, hasta que al cabo de dos días he descubierto que la habitación contigua a la mía sí que es de una cama de las llamadas comúnmente de matrimonio.

Pregunté por algún sitio donde cenar y me respondieron que no había nada en una buena distancia a la redonda, que lo mejor era cenar en el restaurante del hotel. Pero inmediatamente me avisaron de que la hora de la cena ya había pasado y que tratarían de hacerme algo. Me sacaron una carta en holandés, o al menos me lo pareció, porque sin gafas no llegaba a distinguir nada. Así que me aventuré a preguntar qué había como pescado. Enseguida salio la cocinera, de nombre Victoria, hablándome en portugués, porque es natural de Cabo Verde. Muy simpática, me solucionó el tema con rapidez.

Después de cenar, viendo que no eran ni las diez de la noche, pregunté por algún sitio al que ir.

- ¿Andando o quiere pedir un taxi?
- Quiero dar una vuelta por los alrededores, a algún sitio de interés.
- Aquí cerca no hay nada de interés. Déjelo para mañana.
- Pero aún son las nueve. ¿Hacia qué dirección puedo caminar?
- Por aquí lo más bonito es ir a pasear por el bosque. Pero de noche no se lo aconsejo.
- ¿Hay ladrones?
- Se puede perder. O caerse al agua.

La amenaza funcionó y me tocó una sesión de dos horas de zapping por las diferentes cadenas de televisión en flamenco sintonizadas en el televisor de mi habitación. Luego me escribí el comentario anterior para el blog y me acosté. A la mañana siguiente descubrí que a dos kilómetros tengo un centro comercial y que en dirección sur hay casas, el centro para esquiar que he comentado en la entrada anterior y una especie de pub irlandés, si bien es verdad que cuando lo he visto estaba cerrado.

El primer desayuno fue más desastroso que la cena. Acababa de desayunar un grupo y no había ni una mesa limpia. Tuve que actuar a la argelina, limpiarme yo una. Pero tampoco había nada en el buffet supuestamente libre. Aquel era un buffet libre, pero libre de comida, porque las fuentes estaban vacías. Quedaba zumo de naranja, leche fría, agua mineral, queso en lonchas y cereales. En un cesto encontré unas rodajas de pan de molde y unas tarrinas de crema de cacao y de crema de cacahuetes. Con todo eso me hice un apaño, completado con un café de la máquina automática.

Tenía algo de fiebre, consecuencia del proceso alérgico, y regresé a descansar un rato, tumbado en la cama. Un error por mi parte, porque fue la excusa perfecta para que no me arreglaran la habitación.

La segunda cena en el hotel mejoró algo las prestaciones de la primera. Me ofrecieron una carta en inglés, que incluía varios modelos de buffet. Opté por el buffet frío y postre libre, pero al acercarme a donde supuestamente estaba el buffet, lo único que había era un plato en el que quedaban unos diez o doce granos de maíz; otro que había contenido diferentes verduras, posiblemente zanahoria y pimientos picados, o algo parecido; un tercero con una rodaja de piel de tomate; otro cuarto plato también con una piel, pero esta vez de salmón; dos platos llenos de escarola; una fuente casi vacía de ensalada, en la que quedaban un taquito de queso, algo de lechuga y una aceituna; otros tres platos vacíos apilados uno encima de otro y una salsera con lo que supongo que era vinagreta. Pregunté:

- ¿Y el buffet frío?
- Es éste.
- Pero no hay nada.
- Es que son casi las nueve y terminamos a las nueve y media. Otros clientes ya han comido. Es lo que queda.

Miraba yo aquel buffet y tenía la misma sensación que si me acercara a rebañar los platos que han dejado sucios en la cocina, para fregar. Porque era eso lo que había, simples restos de comida. La empleada vio mi gesto de repugnancia y añadió:

- Si quiere se lo junto todo en un plato.
- No gracias, creo que tomaré la sugerencia del chef, que son costillas de cordero. Y el postre de buffet.

Antes de tomar la decisión ya había comprobado que en el buffet de postres había flan, macedonia de frutas y algunos pasteles. No iba a arriesgarme a comerme los trozos de pasteles mordidos de los anteriores comensales, que no sé si eran los del mismo grupo que me había dejado sin desayunar o que toda la gente llega hambrienta a este hotel.

Tardaron casi media hora en traerme las chuletillas de cordero, que en realidad eran de carnero, como en Argelia, pero era una señal de que estaban recién hechas. El problema surgió cuando acabé de comer el plato y me acerqué al expositor en el que antes estaban los postres. Eran justo las nueve y media y el cocinero había decidido recogerlo todo. Quedaban unos racimos de uvas y un bizcocho de manzana, tipo pudding. Me quejé, obviamente, y la respuesta fue que ya era la hora de cerrar, pero que me traería un flan. Y fue lo que hizo, presentarme con un flan. La recepcionista del hotel, que hacía las veces de encargada restaurante, vino a decirme que podía comerme todo el pudding, sin problemas, que estaba muy bueno.

Lo que estoy contando me ha sucedido en Holanda, no en Argelia. La verdad es que si me ocurriera de viaje por la Argelia profunda no me sorprendería. Pero la diferencia está en que los argelinos te lo hacen con gracia, en plan colegas, porque son simpáticos y cercanos. Y te lo tomas como una parte de su forma de ser, sabiendo que si es necesario el cocinero te va a decir que la cocina está cerrada, pero que te invita a ir a cenar a su casa, por ejemplo. Y lo dice de corazón.

Llegada a Holanda

Han pasado unos cuantos días desde que escribí este comentario. En su momento no lo pude colgar por falta de conexión a Internet. Lo hago ahora, cuando ya estoy de vuelta a Argelia. En días posteriores colgaré otros comentarios que fui escribiendo durante mi estancia en Países Bajos.

Esta es la segunda vez que viajo a Holanda desde que trabajo en Argel. Lo hice por primera vez hace exactamente dos años, en idénticas circunstancias, invitado por los organizadores del certamen ferial para el que trabajaba anteriormente. Entonces era algo así como el colofón a dos años de trabajo y ahora es una invitación como visitante VIP, a cambio de mi presencia activa en algunos actos y estar más o menos a su disposición algunos días. Resulta divertido sentirse una especie de ex concursante de Big Brother durante cuatro días.

No sé si es culpa de la crisis económica o que uno va perdiendo categoría, pero lo cierto es que hace dos años me invitaron a un hotel de gran lujo, cinco estrellas, en el centro de Rótterdam, con todo tipo de comodidades, mientras que ahora me han enviado a uno de tres estrellas, casi fugaces, a varios kilómetros de la ciudad, sin una balda en el armario en la que colocar mi ropa ni, lo que es peor, una nevera para mis cocacolas, Muchas veces lo barato acaba saliendo caro y el taxi para desplazarme al centro de la ciudad me sale por 35 euros. Cuatro desplazamientos al día suponen 140 euros, que digo yo que será menos que la diferencia de precio entre las habitaciones de ambos hoteles. Es casi lo mismo que ocurre en Argel entre el Hotel El Djazair, caro pero céntrico, y el Hilton o el Mercure, en los que si se quiere salir sólo compensa alojarse si se va en grupo y los taxis se pagan entre varios.

Mi llegada no ha estado exenta de dificultades. En los aviones y en los autobuses me resfrío con facilidad. Existe un sistema de aireación, más exagerado en los aviones, porque además realiza la presurización de la nave, que remueve el aire y activa mi alergia a los ácaros y a la lana. Intento siempre elegir asiento de pasillo, aunque me pierda la mayoría de las vistas, donde ese flujo de aire se siente menos, pero en esta ocasión no fue posible. Total, que llegué a Ámsterdam con los primeros síntomas de resfriado y a Rótterdam hecho una pena.

A todo eso se suma la temperatura. Holanda me recibió con doce grados y una nieblilla cargada de humedad que se metía hasta los tuétanos; que será un tiempo estupendo para un holandés, pero para alguien que viene de Argel con simplemente una camisa y una chaqueta de verano, de esas que definimos como “por si a la noche refresca”, es todo un castigo. Así he empezado la relación de cosas que no me traje cuando hice el equipaje en diez minutos, empezando por algún abrigo, una bufanda y unos guantes.

Agotados los pañuelos de papel que traía conmigo y casi todo el papel higiénico de la habitación, empiezo a presentar mejor aspecto. La fiebre ha remitido y no corro el peligro de que al estornudar me acusen de padecer de nuevo la gripe porcina. Me he atrevido con un paseo por los alrededores del hotel. Es una zona residencial de chalecitos individuales, de la misma estampa que uno se imagina en Australia o en el oeste americano, de kilómetros y kilómetros de casas, carreteras, paradas de autobús, algún centro comercial, pero sin llegar a adivinar lo que puede ser el centro de la ciudad como tal. Las casas están lógicamente adaptadas a las condiciones del país y por eso muchas cuentan con jardines que dan a algún canal, en los que nadan patos y alguna que otra gaviota. Las calles son anchas y con trampas para los peatones, como en toda Holanda, porque no estoy acostumbrado a los carriles de bicicleta, los confundo con las aceras, hasta que oigo una campana a mi espalda y me retiro justo a tiempo de no ser atropellado por un ciclista.

La vegetación resulta desbordante para la vista. Todos los paseos se realizan a la sombra de los árboles, que en esta época del otoño pierden a marchas forzadas sus hojas. Es como un paseo bajo la lluvia, pero de una lluvia de hojarasca que va cayendo encima. Eso crea una atmósfera maravillosa, muy romántica. Las diferentes especies vegetales se diferencian también por la tonalidad de sus hojas secas. Así, se pasa de una alfombra amarilla a otra roja, la siguiente blanquecina y luego una anaranjada, que da paso de nuevo a una amarilla. Estos paseos románticos no están hechos para ser recorridos en soledad, así que la próxima vez tendré que buscarme acompañante y caminar juntos de la mano, con el ruido de fondo de los patos nadando en los canales. Creo que tal y como lo he contado, más de una amiga se apuntará a venir conmigo.

En mi primer paseo me he acercado hasta el pueblo más cercano y me he encontrado con dos situaciones curiosas. La primera ha sido descubrir un edificio, grande, en el que se puede esquiar y practicar deportes de invierno. Dentro había clientes esquiando, como si estuvieran en Sierra Nevada o en Candanchú. Se trataba de un espacio inclinado del tamaño de un pabellón de deportes, de modo que no se podía realizar un descenso en toda regla, pero para un país cuyo punto más alto es una simple colina en la frontera con Bélgica y Alemania, creo que hay que valorar el hecho de tener la posibilidad de esquiar por debajo del nivel del mar.

Muy cerca estaba el centro cultural municipal. He visto que entraba gente con niños y he entrado también yo. Dentro había una gran sala, el típico club social para jubilados, con varias mesas y gente leyendo. Un corrillo de hombres permanecía de pie, mientras que alguna mujer y niños que llegaban lo que hacían era que pasaban a otros lugares que no he visto y luego la mujer salía de nuevo y se iba. Los hombres, en cambio, se quedaban en esta primera sala. Había un pequeño bar, tipo club social, con unos precios baratísimos. Un café costaba 80 céntimos, como si el mismo ZP hubiese puesto los precios. Cuando llevaba dentro como cinco minutos se me acercó un hombre con la intención evidente de echarme. Me preguntó en holandés, supongo, lo que quería. Le expliqué en inglés que había visto que era un centro cultural y quería saber lo que había dentro. Me respondió, mitad en inglés, mitad en alemán, que en ese momento sólo había actividades para los niños. Su actitud era correcta, pero nada amistosa; me estaba echando abiertamente del lugar. Al salir caí en la cuenta de que tenían todos pinta de árabes, no sé si de Afganistán, de Siria o de Turquía, pero más o menos de esa región de Asia Central. Luego, desde la calle vi lo que había en otras salas; se trataba de dos clases para niños, ambas con profesoras que llevaban pañuelo en la cabeza, como muchas de las niñas. Deduje que se trataba de clases de religión para la comunidad islámica. Y así me he dado cuenta de hasta qué punto el ojo se acostumbra a una realidad. Yo no me fijé al entrar que las madres acudían con el pañuelo en la cabeza, ni me sorprendió demasiado que en la sala sólo hubiera hombres. Se me hizo normal, es la Argelia de cada día.

domingo, 8 de noviembre de 2009

De la 12 a la 18

No sé por qué maravillas de la técnica esta entrada no se publicó hace unos días. Contaba mi viaje de ida desde Argelia a Holanda. Ahora, de regreso en Argel, la recupero.

En el avión de Lufthansa, de Argel a Frankfurt, me habían asignado la plaza 12B. Nada más ocupar mi asiento apareció una señora argelina, con dos niños pequeños, uno de poco más de un año, agarrado al cuello, y el otro de unos tres o cuatro años, de la mano. Supe que era argelina y no alemana porque una especie de camisón marroquí y el pañuelo en la cabeza no dejaban lugar a dudas. Se dirigió a mí y me dijo algo así como:

- Al barajá juya masalaha mugaba plasa ersabi handulasaba.

De todo ello sólo entendí juya y plasa, que quieren decir en dialecto argelino hermano y sitio. Iniciamos así una conversación plurilingüística, que trato de reproducir, más o menos:

- Pardon, je ne parle pas l’arabe, madame.
- Andí bulah susmasabí majdalija ken papié buha albiratún sijaracuha mílaha …
- Est-ce que vous parlez français ?
- Andí bulah susmasabí majdalija ken papié buha albiratún sijaracuha.

Escribo lo mismo porque me sonó exactamente igual; así que probé a ver si vivía en Alemania, que por algo estábamos en un avión con destino a Frankfurt, y traté de comunicarme en mi olvidadísimo alemán.

- Entsuldigung, aber ich bin Spaniel, ich habe nie verstanden. Könen Sir mir auf Französish Sprechen, bitte?
- Maluha albarasí saha fusi andijucatum aldah.
- Do you speak English, Madam? I told you in French and German that I don’t speak Arabic. So, I don’t understand you.
- Smachni? (Eso lo entendí, quiere decir “perdón”).
- Soy español.
- Espanioli?
- Naham, aná spanioli. Al arabia, welu. (En mi media lengua de idioma local, al estilo Tarzán, significa “sí, yo soy español. La lengua árabe, nada).
- Et vous parlez le français?
- Bien sur, je vous ai parlé d’abord en français.
- Nous avons ces places, mes enfants et moi. (Son los asientos de mis hijos y el mío).
- J’ai le 12-B. Laissez moi vous aider avec vos tickets. (Tengo el 12-B, déjeme ver los suyos).

Me alargó los billetes de avión y sólo tenía dos, el del 12-A y otro sin número de asiento.

- Ils ne vous ont octroyée que la place 12-A. Attendez, Madame, qu’elle vienne l’hôtesse. (Sólo le han otorgado el asiento 12-A. Vamos a esperar a la azafata).

El segundo asiento de la buena señora era el 18-B. El auxiliar de vuelo llegó con un billete, que al parecer era el del hijo mayor, que había intentado hacer pasar por menor de tres años y en realidad tenía que pagar, porque ocupaba asiento. Le explicó que el billete que ya tenía era el del bebé, sin derecho a asiento y que éste tercer billete, el del 18-B, era el del hijo mayor; siguió diciendo que como se había registrado muy tarde ya no quedaban sitios para ir juntos. Y, sin más, dio media vuelta y dejó allí a la señora en el pasillo, con un niño de unos tres años que tenía que viajar solo.

Supongo que previamente había sucedido algo y que estaban enfadados por el intento de hacer viajar al mayor sin pagar billete, que encima estaba retrasando el vuelo. Pero tampoco tiene sentido mandar a la cola del avión, él solito, a un crío pequeño. Así que le dije a la señora que su hijo ocupara mi sitio y que yo me iría al 18-B.

Todo estaba perfecto, hasta que llegué al lugar en cuestión… y había alguien allí sentado. El avión aparentaba estar completo y los pasajeros habían decidido por su cuenta y riesgo cambiar de sitio. Se lo dije a mi “okupa”, que reclamó que le mostrara mi billete. Asunto era kafkiano, porque yo tampoco tenía ese asiento. Después de unos minutos de espera, de pie, en el pasillo, mi ocupa se levantó, echó de dos filas más atrás a quien había tomado su plaza y éste último se marchó a un asiento de la última fila en el que habían puesto un bolso de viaje enorme.

El rato que estuve de pie me sirvió para caer en la cuenta de que no había seis filas de asientos entre la 12 y la 18, sino sólo cuatro. Así que cuando pude paseé por todo el avión y descubrí que faltaban las filas 13 y 17. Lo de eliminar el 13 es bastante común, aunque no lo entiendo demasiado. La verdad es que no soy nada supersticioso y sólo recuerdo una vez, de pequeño, que reclamé en el colegio que me habían dado el número 13 en la lista, en lugar del 14, porque habían puesto mi apellido, Doñoro, antes que el de otro compañero apellidado Domingo. Era el primer día de clase y los compañeros se burlaban de mi mala suerte. Y aunque lo del 13 me daba igual, que se rieran de mí, no; y por eso reclamé. No hubo nada que hacer, ya que el problema era informático y la eñe de mi apellido se había convertido en el signo %, que iba por delante de todas las demás letras. Que en un autobús me den el asiento número 13 me da exactamente igual, siempre que sea pasillo, porque en los asientos de ventanilla me acabo resfriando. Ahí si comprendo que haya gente supersticiosa, de cualquier forma. Pero, ¿en un avión? Francamente, no me imagino la noticia de un avión que se estrella y que sólo fallecen los viajeros de la fila 13.

Air Algérie actúa con bastante lógica y los asientos van numerados sin saltarse ninguna fila. Así, el que no quiere viajar en la 13, lo que tiene que hacer es pedir otra diferente. Pero que una compañía aérea se preste a estas cosas da una imagen muy mala; es como si prohíbe los gatos negros en su bodega.

Con todo eso, a lo que no he encontrado explicación, por ridícula que pudiera llegar a ser, es a la ausencia de la fila 17 en el avión de Lufthansa. He pensado en diferentes posibilidades, como que fuera la fila que en otros modelos de avión se destina a la salida de emergencia. O que hayan retirado una fila para dejar mayor espacio, porque la verdad es que los asientos de Lufthansa son más espaciosos que los de Spanair, compañía que siempre procuro evitar en mis viajes a Argelia, porque entre otras cosas te sientes verdaderamente como una sardina en lata.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Flor de primavera

Hoy me toca salir del armario. No es que escondiera mi homosexualidad ni nada parecido, es que yo no lo sabía. Me he enterado de casualidad.

En los últimos meses he recibido algún mensaje por SMS en el que mi admiradora secreta me decía más o menos que me quería, me deseaba buenas noches y me mandaba un beso. El más bonito me lo envió la víspera de San Valentín, por la noche. Decía así:

Te deseo una dulce noche, mi ángel. Hoy es viernes 13, día de suerte. Mañana 14 de febrero, día del amor. Suerte más amor es igual a felicidad y te deseo toda la felicidad del mundo.

Mi admiradora secreta nunca firmaba sus mensajes de texto. Tampoco nunca le había respondido. Quizás debería haberlo hecho con un “yo también te quiero”. Mantuve el amor en secreto hasta su último mensaje, que me descolocó, porque mi admiradora secreta no era tal. Me escribió un 8 de Marzo, en el llamado en Argelia Día de la Mujer. Y decía así:

Por negra que sea la noche, siempre le sucede el alba. Sonríe a la vida y la vida siempre te sonreirá. Buena fiesta, flor de primavera y de felicidad. Besos, princesa.

Estoy trastornado. Lo de ángel, cariño, mi amor, estaba bien. Pero me han llamado flor de primavera. Y lo peor de todo es que me ha gustado. De todas formas, he de advertir a los lectores que no tengo ninguna intención de ejercer de gay. Vamos, que acepto los piropos, pero sin tocar. Porque está bien esto de gustar a los chicos, pero a mí me siguen gustando las chicas. Y de princesa, tampoco nada, que no me veo haciendo de drag queen.

Ahora tengo que decidir si hago una excepción y le llamo a mi admirador secreto. No sé si funcionará eso de marcar su número y decir:

- Hola, soy tu flor de primavera.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Tête de linotte (cabeza de chorlito)

No sé cómo me las apaño para que hasta los momentos más simples y sencillos se conviertan en toda una aventura. El que no se lo crea, que siga leyendo.

Tenía mi viaje a Holanda preparado desde mucho antes, aunque la verdad es que le dediqué muy poco tiempo en las últimas semanas. Aún así, cuando ya creía tenerlo todo arreglado, me encontré con un correo electrónico que me anunciaba que lastminute, con quien había comprado el billete de avión, me comunicaba amablemente que se me devolvía el importe de mi compra por un problema con mi tarjeta. Me decía que la devolución podía tardar en efectuarse, que era tanto como decirme que igual me llevaba la sorpresa de superar el límite de mi tarjeta y me quedaba en tierra.

Afortunadamente, pude comprar otro billete con otra compañía, aunque me suponía pagar más dinero, perder un día de estancia en Ámsterdam con el que contaba y dejar escapar las nueve horas en Frankfurt, a mi regreso, que iba a dedicar a escaparme por la ciudad.
 
Unas horas antes del vuelo, cuando estaba tratando de ayudar a arreglar el problema de unas compañeras con la cerradura de su casa bloqueada, alguien intentó forzar la única de mi coche que funcionaba, la del copiloto. Hubo que abrir las puertas desde el maletero, que de vez en cuando se bloquea. Ese “de vez en cuando” se cumplió un rato más tarde, cuando algún vecino caritativo cayó en la cuenta de que tenía una puerta sin cerrar, me hizo el favor y me dejó sin poder entrar en mi coche.
 
Estas tonterías me agobian, me superan y no fui capaz ni de hacer la maleta; lo dejé para un rato antes de salir hacia el aeropuerto, pasando primero por mi oficina a resolver algún asuntillo pendiente.

Para un individuo desordenado como yo, preparar el equipaje de esa forma es casi un suicidio. Me habré olvidado de infinidad de cosas. Abrí el armario y conté cuatro camisas de las de vestir, otras cuatro de turista total, dos camisetas por si hace frío, cuatro calzoncillos con pata, otros cuatro tipo tanga, seis pares de calcetines grises o negros, dos pares de calcetines blancos, dos jerséis, dos pantalones, un abrigo, zapatos de repuesto, chanclas, paraguas, dátiles para regalar, los cargadores de los dos móviles, un bolígrafo, el neceser de aseo, mis dos medicamentos, la tarjeta de la seguridad social y dos botellas de Coca Cola Light. Y cerré la maleta. En la bolsa de equipaje de mano, pasaporte, dinero, billete de avión, los datos de la reserva de hotel y lo que ya estaba dentro de la mochila, que no tenía tiempo de andar hurgando. Finalmente desconecté el ordenador portátil, lo introduje en su bolsa de viaje y metí también en ella el ratón y el cargador. Creo que la relación es completa, de modo que lo que no he nombrado significa que no viaja conmigo.

En el aeropuerto me sobró tiempo para hacer de las mías. Tras facturar fui al control de pasaportes. Había infinidad de gente, por el especial celo que ponían los policías. Habían abierto las cuatro salas de acceso a las cabinas de control de pasaportes existentes, pero a la entrada de cada una de ellas se situaban agentes de policía que revisaban con mimo cada pasaporte y echaban a algunas personas para atrás, creo que por una cuestión de sellos en los billetes de avión de Air Algérie, que había cometido algún error sobre el procedimiento que tienen establecido de verificación del pasaje. De allí me mandaron por un pasillo hacia otro puesto de control menos saturado, en el que también ese control previo era más liviano. Y luego ya la cola para sellar el pasaporte, como en el resto del mundo. Más tarde hay un nuevo control de seguridad, con arco y escáner, que da paso a la zona de embarque. Ahí estaban los aduaneros en pie de guerra, con sus trajes grises y montando una cola asombrosa, porque revisaban uno a uno el equipaje de mano de todos los pasajeros. En esa cola caí en la cuenta de un pequeño detalle: el ordenador portátil no estaba conmigo, me lo había dejado en algún sitio. Me puse nerviosísimo, empecé a preguntar a todo el mundo y a desandar todo lo recorrido. Al final, tras saltarme todos los controles antes descritos en sentido contrario, llegué a la zona de facturación, donde me estaban custodiando el ordenador, allí olvidado.

Volver a pasar todos los controles fue divertido, porque todos los policías me preguntaban lo que había ocurrido y se alegraban de la suerte, hamdulilah, de encontrarlo. Incluso más tarde, en la salsa de espera previa al embarque, tres personas diferentes, para mí desconocidas, me preguntaron cómo lo había encontrado. Eso demuestra dos cosas, que a los que me conocen y conocen Argelia no les sorprenderá: que había llamado la atención mucho más de lo deseable y que los argelinos se preocupan por los demás mucho más que en nuestra sociedad inhumana y capitalista.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Aires del norte

Con toda la distancia cultural que existe entre Argelia y España, estamos a un paso. Tarda menos el vuelo de Barcelona a Argel que de Bilbao a Argel, por ejemplo. Todo el mundo ve a Marruecos como el vecino que está justo debajo, a un paso, sin darse cuenta de que ahí mismo tenemos también otro vecino llamado Argelia.

Una de las ventajas de vivir precisamente ahí, en la casa del vecino, es que en un plisplás cruzas el rellano y te presentas en la tuya. Vamos, que en cualquier momento y por unos doscientos euros se va uno a pasar un fin de semana en España.

La presión social que se respira en Argelia se lleva bastante mal, sinceramente. Es una sensación de falta de libertad, de que existen unos usos que te superan, de que cualquier problema se puede convertir en una historia inacabable, de pelea permanente que desgasta al más pintado. La solución personal en estos casos se llama oxigenación y consiste en evadirse durante unos días, en hacer una escapada a la península y regresar con las pilas cargadas.

Suelo decir que al cabo de seis semanas de estancia continua comienza uno a desquiciarse y siente que es el momento de realizar esa escapada. Pero ahora estoy sorprendido de mi reacción. He superado ese tiempo y no siento ninguna necesidad de disfrutar de esa oxigenación. Echo de menos a mi gente, obviamente, pero son conceptos y necesidades diferentes.

El pasado 29 de octubre tenía cita con el médico en Bilbao y mi estado psíquico y anímico no era tan malo como para ausentarme del trabajo en Argel y acudir a la consulta. Me habría encantado estar allí, porque además era el cumpleaños de mi madre y creí que iba a poder disfrutar en esa fecha de su compañía, pero realmente no me hacía falta y moralmente no podía ausentarme un par de días de mi oficina para algo que no resultaba necesario.

Ha llegado noviembre y con el penúltimo mes del año también han llegado esos días de vacaciones que había pedido y programado hace mucho tiempo. Sólo voy a faltar cuatro días al trabajo, pero vacaciones son vacaciones y un paseo por Holanda y por Bélgica, que es adonde voy, me temo que resultará incompatible con el mantenimiento del blog. De manera que me sitúo en modo “pause”. O eso creo, que igual me da por escribir alguna cosa.