Me ha llegado uno de esos correos basura que no tiene desperdicio. Está en francés, pero creo que merece la pena transcribirlo en su totalidad:
Bonjour Monsieur.
J'ai l'honneur de vous informer et j'ai le grand plaisir de transmettre la proposition de l'investissement de (4m d'euros), quatre millions d'euros en Algérie.
Je suis Fatimaa Abdlkader, la première épouse du ministre de la Défense, (Rtd.) Abdlkader, général (Décès) comme l'homme lucratif, prolifique, vaste de fortune et populairement connu dans toutes les communautés du monde entier, même dans les La's importation activité, et que tous ceux qui sont sur le cas du pétrole / huile au cours de la période de l'ancien président nigérian, le général Ibrahim Babangida Badamasu, mon mari est un homme qu'il a destiné incompatibles.
En raison de la position statuesque de mon mari dans le gouvernement et la confiance que l'accord, il a un an et de préserver la sûreté d'un montant important dans le Dawn société de sécurité privée dans (Londres), après avoir un grossissement plus physiques de la propriété et de l'argent par la nouveau gouvernement.
J'ai choisi votre contact, en raison de ma recherche attentive d'une honnête, fiable et sincère partenaire d'affaires, j'ai été retenu parmi les différents profils, en raison de la prière que j'ai faite à Allah pour un homme vrai fumées honnête et digne de confiance, et surtout pouvoir investir dans les dispositions destinées à l'avenir de mes enfants, je suis ici à Londres en tant que réfugié politique le contenu politique de mon mari, toutefois, je bénéficie de l'enracinement de l'état de l'asile politique à Londres, ainsi Que mes droits sont sous le contrôle de le nouveau gouvernement cherche à récupérer quid alors que la fortune de mon mari.
Pour cette raison, Que je ne peux pas vous envoyer toute information concernant cette affaire d'argent d'ici à Londres, cet argent était gardé par mon mari, j'ai découvert tous les documents relatifs à cet argent (4.m euros), quatre millions d'euros déposés dans une entreprise de sécurité à Londres, dont je suis le bénéficiaire, à cet effet, j'ai donc décidé de transférer tout l'argent à investir en Algérie.
Si vous êtes vraiment capable et désireuse de m'aider, je vous promets de vous donner 25% de la somme totale qui est de 5% pour les dépenses qui se posent mai au cours de l'opération et les 70% restants sont pour moi et ma famille à investir en Algérie.
Je confie cette lettre qui est la raison pour laquelle je l'envoyer directement à votre boîte aux lettres pour éviter le potentiel durable, donc, tout a été arrangé avant de communiquer avec vous, s'il vous plaît, si elle n'est pas intreresse, restz anonyme au nom d'Allah, de l'envoi, de votre contact, mais Entrez si vous êtes intéressés, vous pouvez me contacter sur le contact énumérés ci-dessous.
1.Vos nom complet.
2.your numéro de téléphone.
s'il vous plaît accepter les sentiments distingués.
Fatimaa Abdlkader,
mon e-mail fatimaa1959@gmail.com
Evidentemente, se trata de un fraude. No existe la tal Fatimaa, ni ha existido un general con ese nombre (Abdelkader, en todo caso, es un nombre de pila, no un apellido), ni ha ocurrido historia similar con el dinero. Además, para cualquiera que conozcca un poco la actualidad argelina, decir que el dinero ha sido transferido a Argelia para ocultar un sobrono, suena a chiste.
Lo preocupante es que estas historias sólo se inventan dando como refrencia alguna república bananera y de nula cultura democrática. Y ahora, cosas de la vida, le toca a Argelia.
viernes, 21 de mayo de 2010
martes, 18 de mayo de 2010
Contra el vicio de pedir
No lo he comentado nunca con nadie, pero me sorprendería mucho ser el único al que le piden en Argelia dinero con la disculpa de tener que comprar medicamentos.
La primera vez que me sucedió fue en Annaba, hace ya bastantes años. Un empleado de la empresa nacional de siderurgia me pidió que le adelantara dinero para poder comprar medicamentos para su esposa, que estaba enferma. Me aseguró que en dos días me lo devolvería. Casualmente, el director financiero de la sociedad, con el que había hecho buena amistad, me contó unos días más tarde que esa persona se iba un mes de vacaciones. Le respondí que tenía a la esposa enferma, que lo sabía porque le había prestado dinero. Me cayó una buena bronca por ingenuo. Una hora más tarde me llamó a su despacho para ir a ver al director general y contarle lo sucedido. Les parecía horroroso que un empleado de grado media de la sociedad se dedicara a estafarme. Me aconsejaron que nunca prestara dinero a nadie en Argelia y aseguraron que se iban a encargar del asunto. Aquella misma tarde tenía el dinero en mi despacho.
Descubrí realmente que todas estas historias de la necesidad de dinero para comprar medicinas son falsas cuando el año 2000 me pidieron prestado para comprar unos medicamentos y mi reacción fue buscar la forma de conseguirlos de forma gratuita. El enfermo tan necesitado no dio señales de vida y nunca me hizo llegar el historial médico para que desde España le hiciera llegar un tratamiento alternativo y gratuito.
Hace dos años me engañaron dos veces casi seguidas con la misma historia. Uno de ellos era el aparcacoches de mi residencia, que necesitaba comprar medicamentos para su diabetes. Nunca he vuelto a ver los veinte euros que le presté. Eso sí, posteriormente me pidió varias veces dinero, siempre por encontrarse ante una situación límite, y mi respuesta fue en todos los casos que primero me devolviera lo que me debía. Otro vecino me vino con el mismo cuento, peor pidiendo sólo cuatro euros. El caso es que no tenía cambio de mil dinares, diez euros, y fue esa la cantidad que no volvía a ver.
A primeros de este año fue un guardián de mi trabajo el que vino pidiéndome cincuenta euros para comprar medicinas. Se trataba de una persona que me caía muy bien, pero sabía que prestarle dinero era perderlo. Tuve que hacer como que llevaba muy poco encima para reducir las pérdidas, porque obviamente no he vuelto a ver lo que le dejé.
La última vez que me ha ocurrido ha sido hace poco, cuando estaba esperando debajo de mi casa al taxi que me llevaría al aeropuerto para mis vacaciones en Holanda. Llega un vecino, me saluda de forma muy afectuosa y me cuenta que ha subido a comprar un medicamento que toma su esposa, difícil de encontrar, porque hay escasez en el país; que se ha encontrado con que no lleva suficiente dinero encima y ahora tiene miedo de que lo vendan y cuando regrese ya no quede esa medicación, tan necesaria para su esposa. El caso es que ahora me he convertido en un ser bastante cruel para estas peticiones de dinero. Cuando mi vecino me nombró las medicinas ya sabía que la historia que iba a escuchar era una pura patraña para sacarme dinero, así que me dispuse a escuchar el cuento para ver si conseguía superar la actuación de los que me estafaron anteriormente. Y, como me pareció muy floja, no me conmovió lo más mínimo y le dije que no podía prestarle el dinero. Se sorprendió y me preguntó:
- ¿No lleva nada de dinero encima?
- Sí que llevo dinero. Lo que le he dicho es que no le puedo prestar, no que no lo tenga.
- Con seiscientos dinares tengo suficiente.
- Con lo que tiene, si le adelanta una parte al farmacéutico, estoy seguro de que le reserva el medicamento. ¿Quiere que le acompañe?
- Sólo déjame seiscientos dinares.
- Lo siento. Nunca presto dinero.
Lo cuento a modo de autocastigo. No me gusta ser tan cruel. No puedo estar seguro al 100% de que la historia era falsa y en los momentos de debilidad me he sentido mal recordando este pasaje. No quiero convertirme en alguien insensible y prefiero seguir siendo el idiota del que tantos se seguirán aprovechando.
La primera vez que me sucedió fue en Annaba, hace ya bastantes años. Un empleado de la empresa nacional de siderurgia me pidió que le adelantara dinero para poder comprar medicamentos para su esposa, que estaba enferma. Me aseguró que en dos días me lo devolvería. Casualmente, el director financiero de la sociedad, con el que había hecho buena amistad, me contó unos días más tarde que esa persona se iba un mes de vacaciones. Le respondí que tenía a la esposa enferma, que lo sabía porque le había prestado dinero. Me cayó una buena bronca por ingenuo. Una hora más tarde me llamó a su despacho para ir a ver al director general y contarle lo sucedido. Les parecía horroroso que un empleado de grado media de la sociedad se dedicara a estafarme. Me aconsejaron que nunca prestara dinero a nadie en Argelia y aseguraron que se iban a encargar del asunto. Aquella misma tarde tenía el dinero en mi despacho.
Descubrí realmente que todas estas historias de la necesidad de dinero para comprar medicinas son falsas cuando el año 2000 me pidieron prestado para comprar unos medicamentos y mi reacción fue buscar la forma de conseguirlos de forma gratuita. El enfermo tan necesitado no dio señales de vida y nunca me hizo llegar el historial médico para que desde España le hiciera llegar un tratamiento alternativo y gratuito.
Hace dos años me engañaron dos veces casi seguidas con la misma historia. Uno de ellos era el aparcacoches de mi residencia, que necesitaba comprar medicamentos para su diabetes. Nunca he vuelto a ver los veinte euros que le presté. Eso sí, posteriormente me pidió varias veces dinero, siempre por encontrarse ante una situación límite, y mi respuesta fue en todos los casos que primero me devolviera lo que me debía. Otro vecino me vino con el mismo cuento, peor pidiendo sólo cuatro euros. El caso es que no tenía cambio de mil dinares, diez euros, y fue esa la cantidad que no volvía a ver.
A primeros de este año fue un guardián de mi trabajo el que vino pidiéndome cincuenta euros para comprar medicinas. Se trataba de una persona que me caía muy bien, pero sabía que prestarle dinero era perderlo. Tuve que hacer como que llevaba muy poco encima para reducir las pérdidas, porque obviamente no he vuelto a ver lo que le dejé.
La última vez que me ha ocurrido ha sido hace poco, cuando estaba esperando debajo de mi casa al taxi que me llevaría al aeropuerto para mis vacaciones en Holanda. Llega un vecino, me saluda de forma muy afectuosa y me cuenta que ha subido a comprar un medicamento que toma su esposa, difícil de encontrar, porque hay escasez en el país; que se ha encontrado con que no lleva suficiente dinero encima y ahora tiene miedo de que lo vendan y cuando regrese ya no quede esa medicación, tan necesaria para su esposa. El caso es que ahora me he convertido en un ser bastante cruel para estas peticiones de dinero. Cuando mi vecino me nombró las medicinas ya sabía que la historia que iba a escuchar era una pura patraña para sacarme dinero, así que me dispuse a escuchar el cuento para ver si conseguía superar la actuación de los que me estafaron anteriormente. Y, como me pareció muy floja, no me conmovió lo más mínimo y le dije que no podía prestarle el dinero. Se sorprendió y me preguntó:
- ¿No lleva nada de dinero encima?
- Sí que llevo dinero. Lo que le he dicho es que no le puedo prestar, no que no lo tenga.
- Con seiscientos dinares tengo suficiente.
- Con lo que tiene, si le adelanta una parte al farmacéutico, estoy seguro de que le reserva el medicamento. ¿Quiere que le acompañe?
- Sólo déjame seiscientos dinares.
- Lo siento. Nunca presto dinero.
Lo cuento a modo de autocastigo. No me gusta ser tan cruel. No puedo estar seguro al 100% de que la historia era falsa y en los momentos de debilidad me he sentido mal recordando este pasaje. No quiero convertirme en alguien insensible y prefiero seguir siendo el idiota del que tantos se seguirán aprovechando.
viernes, 30 de abril de 2010
Alger La Blanche
Creo que esta es la imagen de Argel que todos guardamos en nuestra retina, la de la ciudad blanca de las construcciones de la época colonial francesa.
Para poder disfrutarla lo mejor es montarse en un barco. Por eso suelo recomendar el venir a Argel en el ferry que llega por las mañanas desde Alicante y levantarse pronto a disfrutar del amanecer mientras el barco se acerca a la costa.
Tenía ganas de colgar simplemente la foto. Ya está hecho.
Para poder disfrutarla lo mejor es montarse en un barco. Por eso suelo recomendar el venir a Argel en el ferry que llega por las mañanas desde Alicante y levantarse pronto a disfrutar del amanecer mientras el barco se acerca a la costa.
Tenía ganas de colgar simplemente la foto. Ya está hecho.
viernes, 26 de marzo de 2010
¿Quién dijo pobrecita?
Me dicen a veces que soy demasiado crítico en el blog con las conductas argelinas; que en ocasiones no difieren demasiado de las españolas.
Leí hace unos meses una noticia en la versión on-line del el periódico El Mundo que no solo da la razón a esos críticos, sino que me hace pensar que comparativamente el nivel de corrupción argelino es ridículo. La noticia es sobre el inminente divorcio de la hija mayor del Rey de España y de lo bien cubiertas que quedan sus reales espaldas y las de su ya no tan real consorte, seguramente porque están dotados de una especial inteligencia y capacidad que les hace dignos de ocupar puestos de alta categoría en empresas privadas.
Copio parte del texto del diario El Mundo:
Aunque don Jaime ha dejado en estos dos últimos años la presidencia de la Fundación Axa Winterthur y el consejo de Cementos Portland, mantiene otras sillas (de hecho, aunque salió de Cementos Portland le recolocaron en el consejo de una filial menor, la Waste Recycling Group, manteniéndole un sueldo que ronda los 190.000 euros). Conserva su puesto como consejero de Sociedad General Inmobiliaria -que pertenece a Robert de Balkany, gran amigo del Rey y también de Marichalar-, que le reportaría unos 250.000 euros al año; también su puesto en el consejo del grupo de lujo LVHM (120.000 euros) y en el banco Credit Suisse (172.000 euros). Por no hablar de la herencia que le dejó su tía abuela Teresa, una fortuna patrimonial que en su día superaba los mil millones de pesetas.
Como directora de Proyectos Sociales y Culturales de Fundación Mapfre, la Infanta Elena puede percibir unos 200.000 euros al año.
Lo primero que he pensado ha sido en el momento en el que nació el primer hijo de la pareja y el padre de la criatura dijo que “el pobrecito” se parecía a su madre. ¡Vaya con algunos conceptos de pobreza!
Iba a escribir también que no dudo de las dotes personales e intelectuales de la pareja, pero seria una enorme mentira por mi parte. De lo que estoy seguro es que yo no pondría a alguien con sus capacidades físicas y mentales, además de su belleza personal; en un puesto de responsabilidad en mi empresa, salvo que con eso pudiera conseguir otro tipo de beneficios. O no; creo que ni así lo haría; porque me repugnaría saber que estoy robando esos « beneficios » al resto de los ciudadanos dignos y decentes.
El día que critique los tejemanejes argelinos, los negocios de los generales, el dinero de los poderosos, me sacaran esta noticia para recordarme el grado de honestidad que se da en España.
Leí hace unos meses una noticia en la versión on-line del el periódico El Mundo que no solo da la razón a esos críticos, sino que me hace pensar que comparativamente el nivel de corrupción argelino es ridículo. La noticia es sobre el inminente divorcio de la hija mayor del Rey de España y de lo bien cubiertas que quedan sus reales espaldas y las de su ya no tan real consorte, seguramente porque están dotados de una especial inteligencia y capacidad que les hace dignos de ocupar puestos de alta categoría en empresas privadas.
Copio parte del texto del diario El Mundo:
Aunque don Jaime ha dejado en estos dos últimos años la presidencia de la Fundación Axa Winterthur y el consejo de Cementos Portland, mantiene otras sillas (de hecho, aunque salió de Cementos Portland le recolocaron en el consejo de una filial menor, la Waste Recycling Group, manteniéndole un sueldo que ronda los 190.000 euros). Conserva su puesto como consejero de Sociedad General Inmobiliaria -que pertenece a Robert de Balkany, gran amigo del Rey y también de Marichalar-, que le reportaría unos 250.000 euros al año; también su puesto en el consejo del grupo de lujo LVHM (120.000 euros) y en el banco Credit Suisse (172.000 euros). Por no hablar de la herencia que le dejó su tía abuela Teresa, una fortuna patrimonial que en su día superaba los mil millones de pesetas.
Como directora de Proyectos Sociales y Culturales de Fundación Mapfre, la Infanta Elena puede percibir unos 200.000 euros al año.
Lo primero que he pensado ha sido en el momento en el que nació el primer hijo de la pareja y el padre de la criatura dijo que “el pobrecito” se parecía a su madre. ¡Vaya con algunos conceptos de pobreza!
Iba a escribir también que no dudo de las dotes personales e intelectuales de la pareja, pero seria una enorme mentira por mi parte. De lo que estoy seguro es que yo no pondría a alguien con sus capacidades físicas y mentales, además de su belleza personal; en un puesto de responsabilidad en mi empresa, salvo que con eso pudiera conseguir otro tipo de beneficios. O no; creo que ni así lo haría; porque me repugnaría saber que estoy robando esos « beneficios » al resto de los ciudadanos dignos y decentes.
El día que critique los tejemanejes argelinos, los negocios de los generales, el dinero de los poderosos, me sacaran esta noticia para recordarme el grado de honestidad que se da en España.
lunes, 8 de marzo de 2010
Noche en el desierto
Todos los años, cuando llegan las Navidades, leo anuncios publicitarios que ofertan viajes para pasar el fin de año en el desierto del Sahara. Y siempre me viene a la cabeza la idea de lo poco convenientes de las fechas y lo escasamente atractiva que me resulta el plan.
La vida en el desierto se mueve al ritmo que marca el sol. No existe luz eléctrica, aspecto que condiciona las actividades que pueden llevarse a cabo tras el ocaso. En verano hay muchas horas de luz y anochece relativamente tarde, pero a finales de diciembre se hace de noche a las cinco. A partir de ese momento la vida se limita a las reuniones alrededor de un fuego y con una taza de té en la mano. Algo realmente bonito, que se disfruta muy sinceramente y que al menos una vez en la vida conviene compartir. Los tuareg, la gente del desierto en general, son buenos conversadores y saben hacer que esas largas veladas alrededor del fuego resulten amenas y divertidas. Cuando hay extranjeros en el grupo aprovechan para entonar canciones, tocar algún instrumento y darle un toque intimista y romántico que suele hacer las delicias de las turistas de sexo femenino. No sé si tendré hormonas femeninas, pero he de confesar que ese ambiente de romanticismo me ha envuelto más de una vez, sin que por ello sienta ningún atractivo físico por los hombres (ni del desierto ni de ningún otro lugar).
Explicada así la parte más agradable de las veladas en el desierto (bien abrigados, puesto que el descenso continuo de la temperatura desde el momento que se pone el sol es espectacular), creo que será más fácil comprender mis sensaciones cuando trato de imaginar uno de esos viajes al desierto en Navidades. Me sitúo en la primera noche y la novedad del fuego y de los tres tés. Pienso en la segunda noche, casi idéntica. En la tercera. En la cuarta… Son veladas que pueden alargarse desde las cinco de la tarde hasta las nueve o diez de la noche. Y, cuando ya estás un poco harto de tantas noches alrededor del fuego, llega la noche de fin de año. Como todas las noches empiezan a ser iguales, ya piensas en acostarte antes para recuperar parte del sueño que sin darte cuenta has acumulado, porque con tantas nuevas sensaciones la adrenalina te mantenía al principio alerta. Pero, precisamente ahora, llega Nochevieja y hay que estar en vela hasta más allá de la medianoche. Conoces casi de memoria las cientos de estrellas del firmamento, que luego añorarás cuando regreses a la civilización; las canciones comienzan a sonar todas parecidas; ya has hecho todas las preguntas sobre su familia, la vida de las mujeres en el desierto, el Islam, sus tradiciones y las anécdotas acumuladas tras años llevando grupos de turistas; Morfeo comienza a ganar la partida. Hasta se echa un poco de menos preparar las uvas, como cada año, y se deja un espacio a la nostalgia para pensar en tantos amigos y familiares que en ese mismo momento pueden estar viendo las mismas estrellas, o al menos la misma luna.
Sí, ésa, precisamente ésa, es la parte menos romántica que me imagino en los viajes al desierto por Navidad.
Todos los que me leen saben que soy un sentimental; quiero decir, que me dejo embriagar por mis sentimientos. Siempre pensé que dejar transcurrir una fecha de significación especial en el desierto es algo que debería hacer al menos una vez en mi vida. Por eso, cuando vi que en este año 2010 mi cumpleaños caía en fin de semana y que además iba a contar con un día de descanso, insuficiente para irme a Bilbao pero no para viajar fuera de Argel, empecé a darle vueltas a la cabeza. Había pensado en Taghit, cerca de Bechar, el único lugar que conozco en el desierto del Sahara que en la realidad se parece a los oasis de las películas. Sin embargo, al poco tiempo un amigo del trabajo me sugirió pasar esos días en Timimoun, lugar más civilizado pero que cuenta con dunas en sus alrededores. Sólo cuando esta idea no salió adelante, por problemas con los horarios de los vuelos, pensé en Bou Saada.
Una estancia en Bou Saada tiene muy poco que ver en el siglo XXI con el clásico y romántico viaje al Sahara. Fue en su día punto de salida de las caravanas que atravesaban el desierto, pero el mercado de camellos desapareció hace muchísimos años. Ahora son camiones los que atraviesan el desierto por las carreteras, que han sustituidos los restos de fogatas nocturnas por neumáticos destrozados en los arcenes. Las postas de antaño no existen y los turistas buscamos hoteles confortables, en los que abres el grifo y mana agua fría o caliente, según la voluntad del usuario. En los puestos del mercado no se vende exclusivamente carne seca, legumbres, agua, azúcar y té, como antaño, sino infinidad de productos “made in China”, además de todo lo que se encuentra en cualquier mercado más o menos occidental. En plenas dunas, mientras me sacaba fotografías con mis amigos, estaba respondiendo a llamadas al móvil de mi familia y amigos.
Que la modernidad haya llegado al desierto no significa que no se pueda extraer de él ese gusto a aventura en libertad. También el rally París-Dakar contaba con un sistema GPS para localizar a vehículos extraviados, en un ejercicio de aventura controlada. Y eso es, de alguna forma, lo que buscaba para mi cumpleaños.
La vida en el desierto se mueve al ritmo que marca el sol. No existe luz eléctrica, aspecto que condiciona las actividades que pueden llevarse a cabo tras el ocaso. En verano hay muchas horas de luz y anochece relativamente tarde, pero a finales de diciembre se hace de noche a las cinco. A partir de ese momento la vida se limita a las reuniones alrededor de un fuego y con una taza de té en la mano. Algo realmente bonito, que se disfruta muy sinceramente y que al menos una vez en la vida conviene compartir. Los tuareg, la gente del desierto en general, son buenos conversadores y saben hacer que esas largas veladas alrededor del fuego resulten amenas y divertidas. Cuando hay extranjeros en el grupo aprovechan para entonar canciones, tocar algún instrumento y darle un toque intimista y romántico que suele hacer las delicias de las turistas de sexo femenino. No sé si tendré hormonas femeninas, pero he de confesar que ese ambiente de romanticismo me ha envuelto más de una vez, sin que por ello sienta ningún atractivo físico por los hombres (ni del desierto ni de ningún otro lugar).
Explicada así la parte más agradable de las veladas en el desierto (bien abrigados, puesto que el descenso continuo de la temperatura desde el momento que se pone el sol es espectacular), creo que será más fácil comprender mis sensaciones cuando trato de imaginar uno de esos viajes al desierto en Navidades. Me sitúo en la primera noche y la novedad del fuego y de los tres tés. Pienso en la segunda noche, casi idéntica. En la tercera. En la cuarta… Son veladas que pueden alargarse desde las cinco de la tarde hasta las nueve o diez de la noche. Y, cuando ya estás un poco harto de tantas noches alrededor del fuego, llega la noche de fin de año. Como todas las noches empiezan a ser iguales, ya piensas en acostarte antes para recuperar parte del sueño que sin darte cuenta has acumulado, porque con tantas nuevas sensaciones la adrenalina te mantenía al principio alerta. Pero, precisamente ahora, llega Nochevieja y hay que estar en vela hasta más allá de la medianoche. Conoces casi de memoria las cientos de estrellas del firmamento, que luego añorarás cuando regreses a la civilización; las canciones comienzan a sonar todas parecidas; ya has hecho todas las preguntas sobre su familia, la vida de las mujeres en el desierto, el Islam, sus tradiciones y las anécdotas acumuladas tras años llevando grupos de turistas; Morfeo comienza a ganar la partida. Hasta se echa un poco de menos preparar las uvas, como cada año, y se deja un espacio a la nostalgia para pensar en tantos amigos y familiares que en ese mismo momento pueden estar viendo las mismas estrellas, o al menos la misma luna.
Sí, ésa, precisamente ésa, es la parte menos romántica que me imagino en los viajes al desierto por Navidad.
Todos los que me leen saben que soy un sentimental; quiero decir, que me dejo embriagar por mis sentimientos. Siempre pensé que dejar transcurrir una fecha de significación especial en el desierto es algo que debería hacer al menos una vez en mi vida. Por eso, cuando vi que en este año 2010 mi cumpleaños caía en fin de semana y que además iba a contar con un día de descanso, insuficiente para irme a Bilbao pero no para viajar fuera de Argel, empecé a darle vueltas a la cabeza. Había pensado en Taghit, cerca de Bechar, el único lugar que conozco en el desierto del Sahara que en la realidad se parece a los oasis de las películas. Sin embargo, al poco tiempo un amigo del trabajo me sugirió pasar esos días en Timimoun, lugar más civilizado pero que cuenta con dunas en sus alrededores. Sólo cuando esta idea no salió adelante, por problemas con los horarios de los vuelos, pensé en Bou Saada.
Una estancia en Bou Saada tiene muy poco que ver en el siglo XXI con el clásico y romántico viaje al Sahara. Fue en su día punto de salida de las caravanas que atravesaban el desierto, pero el mercado de camellos desapareció hace muchísimos años. Ahora son camiones los que atraviesan el desierto por las carreteras, que han sustituidos los restos de fogatas nocturnas por neumáticos destrozados en los arcenes. Las postas de antaño no existen y los turistas buscamos hoteles confortables, en los que abres el grifo y mana agua fría o caliente, según la voluntad del usuario. En los puestos del mercado no se vende exclusivamente carne seca, legumbres, agua, azúcar y té, como antaño, sino infinidad de productos “made in China”, además de todo lo que se encuentra en cualquier mercado más o menos occidental. En plenas dunas, mientras me sacaba fotografías con mis amigos, estaba respondiendo a llamadas al móvil de mi familia y amigos.
Que la modernidad haya llegado al desierto no significa que no se pueda extraer de él ese gusto a aventura en libertad. También el rally París-Dakar contaba con un sistema GPS para localizar a vehículos extraviados, en un ejercicio de aventura controlada. Y eso es, de alguna forma, lo que buscaba para mi cumpleaños.
domingo, 7 de marzo de 2010
Mi fiesta
Este texto lo escribí hace ya una semana. Lo publuico con algún que otro recorte. Lo que he respetado absolutamente es el texto original completo que publico en el blog privado.
El pasado fin de semana era mi cumpleaños y lo quería celebrar de una forma muy especial. Pensé en hacerlo en un lugar casi paradisíaco, Bou Saada. Allí existe un hotel que posiblemente ofrece la mejor relación calidad-precio de todos los del país; la ciudad aún destila el olor de un pasado glorioso como puerta de entrada al desierto, con uno de los mercados de camellos más conocidos del Sahara; las casas son construcciones típicas y por sus calles circulan mujeres completamente cubiertas, excepto un ojo; en sus alrededores se sitúa una zawia (creo que pronuncia así) digna de visitar, una cascada de aguas del desierto, grabados rupestres y dunas por las que deslizarse; la cocina de Bou Saada es muy conocida y un nuevo restaurante ofrece la posibilidad de degustar los platos tradicionales de la ciudad en un marco excepcional.
Desde la primera vez que visité Bou Saada la consideré la gran desconocida dentro del país, un lugar que se escapa a los circuitos turísticos, pese a tenerlo todo, incluida una cercanía a la capital, Argel, que permite disfrutar de una excursión de fin de semana.
Siempre que había escuchado de la boca de amigos y conocidos decir que iban a pasar el fin de año en el desierto (escribiré sobre esto en mi próximo post), mi mente se trasladaba a la idea de hacer lo mismo en un cumpleaños que no tuviera que trabajar y tampoco me cupiera la posibilidad de ir a casa. Este año se daban todas las circunstancias y no iba a desaprovechar la oportunidad.
Celebro siempre mi cumpleaños como un niño pequeño y para mí el 27 de febrero es una jornada muy especial. Esta año me han decepcionado algunas ausencias, aunque, a cambio, he de decir que las presencias, algunas venidas desde muy lejos, han compensado con creces esa decepción.
En el capítulo de regalos, he recibido una brújula, una cartera, una fuente de cerámica, un kimono, un libro y una piruleta, ordenados por orden alfabético. Además, al volver a casa me ha encontrado con que la asistenta me ha regalado una baldosa con una estampa antigua de la Casbah de Argel. Yo ya me he regalado unos cuantos recuerdos de Bou Saada y me compraré esta semana otras cosas.
Por cierto, muchas gracias a quienes me han felicitado tanto en el blog como en Facebook, o por teléfono. Unas cuantas de las llamadas recibidas me hicieron especial ilusión.
La versión completa de este comentario se encuentra en el blog Privado en Argel.
El pasado fin de semana era mi cumpleaños y lo quería celebrar de una forma muy especial. Pensé en hacerlo en un lugar casi paradisíaco, Bou Saada. Allí existe un hotel que posiblemente ofrece la mejor relación calidad-precio de todos los del país; la ciudad aún destila el olor de un pasado glorioso como puerta de entrada al desierto, con uno de los mercados de camellos más conocidos del Sahara; las casas son construcciones típicas y por sus calles circulan mujeres completamente cubiertas, excepto un ojo; en sus alrededores se sitúa una zawia (creo que pronuncia así) digna de visitar, una cascada de aguas del desierto, grabados rupestres y dunas por las que deslizarse; la cocina de Bou Saada es muy conocida y un nuevo restaurante ofrece la posibilidad de degustar los platos tradicionales de la ciudad en un marco excepcional.
Desde la primera vez que visité Bou Saada la consideré la gran desconocida dentro del país, un lugar que se escapa a los circuitos turísticos, pese a tenerlo todo, incluida una cercanía a la capital, Argel, que permite disfrutar de una excursión de fin de semana.
Siempre que había escuchado de la boca de amigos y conocidos decir que iban a pasar el fin de año en el desierto (escribiré sobre esto en mi próximo post), mi mente se trasladaba a la idea de hacer lo mismo en un cumpleaños que no tuviera que trabajar y tampoco me cupiera la posibilidad de ir a casa. Este año se daban todas las circunstancias y no iba a desaprovechar la oportunidad.
Celebro siempre mi cumpleaños como un niño pequeño y para mí el 27 de febrero es una jornada muy especial. Esta año me han decepcionado algunas ausencias, aunque, a cambio, he de decir que las presencias, algunas venidas desde muy lejos, han compensado con creces esa decepción.
En el capítulo de regalos, he recibido una brújula, una cartera, una fuente de cerámica, un kimono, un libro y una piruleta, ordenados por orden alfabético. Además, al volver a casa me ha encontrado con que la asistenta me ha regalado una baldosa con una estampa antigua de la Casbah de Argel. Yo ya me he regalado unos cuantos recuerdos de Bou Saada y me compraré esta semana otras cosas.
Por cierto, muchas gracias a quienes me han felicitado tanto en el blog como en Facebook, o por teléfono. Unas cuantas de las llamadas recibidas me hicieron especial ilusión.
La versión completa de este comentario se encuentra en el blog Privado en Argel.
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