A ninguno de mis conocidos le sorprenderá que me confiese demasiado despistado y confiado. Cada vez que pierdo algo o me sucede algún percance hay amigos que me llegan a preguntar cómo es posible que pierda tantas cosas o sea víctima de más de un robo. Y es por eso, porque vivo feliz siendo confiado y a mi confianza le sumo mi natural estado de despiste.
Mi vehículo Hyundai Accent no dispone cierre centralizado de puertas. Tengo la costumbre de, en lugar de cerrar la puerta del conductor usando la llave, bajar el pestillo de cierre, de la misma forma que se hace con las puertas traseras. Y en infinidad de ocasiones lo he hecho dejando las llaves colocadas en el arranque. Sólo en un par de ocasiones han tenido que recurrir a abrir la puerta con el uso de alambres, porque afortunadamente mi despiste es completo y va acompañado del olvido de cerrar alguna de las portezuelas del vehículo (y porque suelo viajar con una segunda copia del llave en el bolsillo), con lo que la solución resulta sencilla. Son muchísimas más las veces que me dejo una puerta abierta que las llaves en el contacto. Y también son muchas las veces que quienes se las dejan abiertas son las personas que llevo conmigo, porque se han acostumbrado a vehículos de cierre centralizado y se despreocupan de cerrar.
Recuerdo que hace un año aparqué el coche en una calle del barrio de El Biar de Argel dejando en el maletero el equivalente a tres mil euros, dispuestos para pagar parte del alquiler de mi vivienda. Hice con un vecino unas compras necesarias para solventar los pequeños problemas cuando al regresar comprobé que no llevaba las llaves del coche. Las había dejado dentro, una vez más. Y tanto mi vecino como yo habíamos dejado las puertas abiertas. Mi vecino estaba preocupadísimo, no acertaba a creerse que llevando tal suma de dinero hubiese dejado el coche abierto, sin preocuparme, toda una tarde. Cuando yo le expliqué que la puerta estaba de todas formas cerrada, aunque sin seguro, su respuesta me dejó atónito: según él, es muy habitual ir por la calle comprobando si la puerta de algún coche se abre, que él también lo hace algunas veces. Esa respuesta va en contra de cualquier lógica, porque quien así actúa tiene intención de robar, es instintivamente un ladrón. Yo no voy probando por la calle si algún coche tiene la puerta abierta, porque ni se me ocurre aprovecharme de esa situación para tomar cosas que no me pertenecen,
Pasado ya más de un año, he de reconocer que me habré dejado las puertas abiertas medio centenar de veces y jamás me han robado. Incluso una vez el coche se quedó toda la noche con una ventanilla completamente bajada y nadie me tocó nada.
Mi despiste no se limita al vehículo. Hace unas semanas estuvo alojado en mi casa durante sus vacaciones en Argel Carlos, antiguo becario de la oficina. Una tarde se encontró con que yo me había marchado de casa y había dejado las llaves en la cerradura. Yo creo que lo que más le sorprendió fue que no me mostrara preocupado por el error de seguridad. Era la segunda vez que me pasaba porque ya me llamó una vez el vecino de la puerta de enfrente para advertirme del mismo despiste. En otra ocasión dejé la puerta sencillamente abierta de par en par.
Todo este preámbulo es para contar lo que me ha sucedido el otro día, que es casi l situación antagónica a la del robo del pen-drive del que fui víctima en julio, que ya conté en el blog.
He estado recientemente en Colonia, la bellísima ciudad alemana. Una noche, acababa de anochecer, iba yo caminando con mi tradicional mochila a la espalda, la cámara de fotos de bandolera y una bolsa de plástico en la mano con unos regalos que acababa de adquirir. Para poder guardar la bolsa dentro de la mochila me adentré unos metros en un parque, hasta el muro de apoyo de una iglesia. Guardé la bolsa en la mochila, me la puse de nuevo a la espalda y seguí mi camino. Hice un pequeño recorrido por los alrededores durante unos diez minutos y finalmente me decidí a tomar otra ruta que requería volver en parte sobre mis pasos. Lo que hice fue, tras algunas dudas, recortar por el parque antes comentado. No parecía muy buena idea por su falta de iluminación y porque en pocos minutos había oscurecido completamente. Sin ninguna explicación lógica, fue algo instintivo, di un pequeño rodeo en la parte final del atajo y pasé junto al muro del que me había servido para guardar la bolsa en la mochila. Y allí vislumbré algo. Parecía un paquete. Me acerqué aún más. Se trataba de la funda de una cámara de fotos como la mía. Eché mano de mi mochila, miré en el interior… y mi cámara no estaba; era ésa, olvidada por mí de la forma más tonta y recuperada milagrosamente.
Si yo fuera desconfiado no me llevaría alegrías como ésta al comprobar que ninguno de los viandantes se quedó con mi cámara fotográfica. Y si tuviera un poco más de cabeza me evitaría disgustos tan habituales como el que en esta ocasión me ha acechado.
viernes, 5 de septiembre de 2008
jueves, 4 de septiembre de 2008
Merkel en Argel
Me cuentan una anécdota que transmito.
El pasado mes de julio estuvo Angela Merkel de visita oficial en Argel. Cuando ya se dirigía hacia el aeropuerto para regresar a Brlín, aparcaron su avión en pista de embarque y un vehículo del aeropuerto se dispuso a colocar la escalinata de lujo que se utiliza con altos cargos locales y dignatarios extranjeros. Desgraciadamente, el conductor del vehículo no estaba muy familiarizado con el empleo de los mandos y chocó contra el fuselaje del avión con tal fuerza que además provocó un boquete considerable. Aquello no podía repararse en un par de horas y buscaron una solución alternativa.
Lo primero que se pensó fue utilizar el avión presidencial de Buteflika. Pero cuentan las malas lenguas que es un avión medicamentado por la enfermedad del Presidente, que su interior es secreto de Estado, algo que no puede conocer un dignatario extranjero ni menos aún sus acompañantes.
La segunda opción era esperar a la reparación y retrasar el regreso. Cuando se lo dijeron a la propia Merkel contó que era su cumpleaños y que le esperaba una fiesta en Berlín, además de otros asuntos importantes de su agenda. Así que miraron cuál era el avión más preentable de todos los que estaban en el aeropuerto y bajaron a los pasajeros que se disponían a viajar a Estambul. Cundo la delegación alemana supo lo que se estaba haciendo, teniendo en cuenta la gran cantidad de turcos que además viven en Alemania, se negaron a aceptar esa posibilidad.
Finalmente se hizo llegar a Argel otro avión que se llevó hacia Berlín a la delegación alemana con Angela Merkel al frente.
Creo que la historia tien visos de ser bastante cierta. O al menos muy creíble para quien conoce las cosas que ocurren en Argel.
El pasado mes de julio estuvo Angela Merkel de visita oficial en Argel. Cuando ya se dirigía hacia el aeropuerto para regresar a Brlín, aparcaron su avión en pista de embarque y un vehículo del aeropuerto se dispuso a colocar la escalinata de lujo que se utiliza con altos cargos locales y dignatarios extranjeros. Desgraciadamente, el conductor del vehículo no estaba muy familiarizado con el empleo de los mandos y chocó contra el fuselaje del avión con tal fuerza que además provocó un boquete considerable. Aquello no podía repararse en un par de horas y buscaron una solución alternativa.
Lo primero que se pensó fue utilizar el avión presidencial de Buteflika. Pero cuentan las malas lenguas que es un avión medicamentado por la enfermedad del Presidente, que su interior es secreto de Estado, algo que no puede conocer un dignatario extranjero ni menos aún sus acompañantes.
La segunda opción era esperar a la reparación y retrasar el regreso. Cuando se lo dijeron a la propia Merkel contó que era su cumpleaños y que le esperaba una fiesta en Berlín, además de otros asuntos importantes de su agenda. Así que miraron cuál era el avión más preentable de todos los que estaban en el aeropuerto y bajaron a los pasajeros que se disponían a viajar a Estambul. Cundo la delegación alemana supo lo que se estaba haciendo, teniendo en cuenta la gran cantidad de turcos que además viven en Alemania, se negaron a aceptar esa posibilidad.
Finalmente se hizo llegar a Argel otro avión que se llevó hacia Berlín a la delegación alemana con Angela Merkel al frente.
Creo que la historia tien visos de ser bastante cierta. O al menos muy creíble para quien conoce las cosas que ocurren en Argel.
miércoles, 3 de septiembre de 2008
El agosto en taxi
En el Aeropuerto Internacional de Argel se ha notado la actividad veraniega. No ha sido en la limpieza, todo sigue tan limpio como siempre. No es ironía, sino absolutamente cierto; el personal de limpieza pasa continuamente recogiendo la suciedad que encuentra en el suelo e incluso los baños se limpian cada pocos minutos.
Donde se nota es en el movimiento de gente y en los taxis. Han enido tanto trabajo que no se peleaban tanto por los clientes o contra los ilegales, los llamados clandestinos. Incluso han intentado subir la tarifa del transporte hasta la ciudad. En condiciones normales cobran 1.000 dinares por el desplazamiento a algún punto de Argel, que se puede dejar en 800 dinares si se negocia y no supone un gran desplazamiento por las calles de la ciudad. En el mes e agosto ha sido muy difícil que un taxista aceptara realizar una carrera por menos de 1.200 dinares.
El del 2008 está siendo un verano muy bueno para los taxistas. La ley complementaria de la Ley de Presupuestos Generales del Estado ha introducido un nuevo impuesto a la adquisición de vehículos nuevos de motor. Mucha gente que había hecho muchísimos números para saber si podía endeudarse en la compra de un coche nuevo ha tenido que desistir al ver qe el prcio había subido de repente entre 500 y 1.500 euros. Seguirán sirviéndose del taxi y del transporte colectivo. Del metro todavía no, porque pese a las promesas de que entraría en funcionamiento este año ya circula el rumor del nueve de septiembre del año próximo, que será 9-9-9, un miércoles de Ramadán, a las nueve de la mañana, como viaje inicial. Quizás sea para imitar los ochos de la jornada inaugural de los Juegos Olímpicos de Pekín, pero mientras que el ocho es el número de la buena suerte para los chinos, el nueve no significa nada especial para los argelinos. Yo lo publico un año antes, por si sirve de algo.
Donde se nota es en el movimiento de gente y en los taxis. Han enido tanto trabajo que no se peleaban tanto por los clientes o contra los ilegales, los llamados clandestinos. Incluso han intentado subir la tarifa del transporte hasta la ciudad. En condiciones normales cobran 1.000 dinares por el desplazamiento a algún punto de Argel, que se puede dejar en 800 dinares si se negocia y no supone un gran desplazamiento por las calles de la ciudad. En el mes e agosto ha sido muy difícil que un taxista aceptara realizar una carrera por menos de 1.200 dinares.
El del 2008 está siendo un verano muy bueno para los taxistas. La ley complementaria de la Ley de Presupuestos Generales del Estado ha introducido un nuevo impuesto a la adquisición de vehículos nuevos de motor. Mucha gente que había hecho muchísimos números para saber si podía endeudarse en la compra de un coche nuevo ha tenido que desistir al ver qe el prcio había subido de repente entre 500 y 1.500 euros. Seguirán sirviéndose del taxi y del transporte colectivo. Del metro todavía no, porque pese a las promesas de que entraría en funcionamiento este año ya circula el rumor del nueve de septiembre del año próximo, que será 9-9-9, un miércoles de Ramadán, a las nueve de la mañana, como viaje inicial. Quizás sea para imitar los ochos de la jornada inaugural de los Juegos Olímpicos de Pekín, pero mientras que el ocho es el número de la buena suerte para los chinos, el nueve no significa nada especial para los argelinos. Yo lo publico un año antes, por si sirve de algo.
martes, 2 de septiembre de 2008
Llegó el Ramadán
Ayer empezó el mes de septiembre, que este año es el mes del Ramadán.
A todos los amigos musulmanes practicantes que realizan ayuno durante el día. A quienes no pueden hacerlo por ser menores de edad, estar enfermos, ser ancianos o menores de edad. A todos ellos, Ramadán Mubarak!
No voy a hacer muchas alusiones al Ramadán en mis post del mes de septiembre. Algunos están ya escritos y programados. Otros están medio escritos y pendientes de programación. Y completaré mis comentarios con aquello que vaya surgiendo. La vida de un expatriado cambia mucho en Argelia durante el mes de ayuno, porque culturalmente se exige de quien no es musulmán que oculte su diferencia. No sólo están cerrados los lugares que sirven comidas durante el día, sino que también está mal visto comer en público. Es algo social, porque individualmente cada argelino es muy tolerante y no impone ninguna dificultad a quien come o bebe en su presencia, si no hay nadie más a la vista. Más aún, la hosptalidad local hace que hasta le ofrezcan comida si no la encuentra.
Pero la vida, con sus horarios diferentes y su menor actividad laboral, sigue en Ramadán. Y el blog también. Yo me pasaré buena parte de él fuera de Argelia, al mneos las tres primeras semanas. Y contaré otras cosas.
Tengo que colgar muchas fotos, pero la provisionalidad del blog tras haberse visto censurado no me anima demasiado a invertir el tiempo que la inclusión de fotografías requiere. Por eso he dejado pendiente todo lo que escribí sobre la Expo de Zaragoza.
A todos los amigos musulmanes practicantes que realizan ayuno durante el día. A quienes no pueden hacerlo por ser menores de edad, estar enfermos, ser ancianos o menores de edad. A todos ellos, Ramadán Mubarak!
No voy a hacer muchas alusiones al Ramadán en mis post del mes de septiembre. Algunos están ya escritos y programados. Otros están medio escritos y pendientes de programación. Y completaré mis comentarios con aquello que vaya surgiendo. La vida de un expatriado cambia mucho en Argelia durante el mes de ayuno, porque culturalmente se exige de quien no es musulmán que oculte su diferencia. No sólo están cerrados los lugares que sirven comidas durante el día, sino que también está mal visto comer en público. Es algo social, porque individualmente cada argelino es muy tolerante y no impone ninguna dificultad a quien come o bebe en su presencia, si no hay nadie más a la vista. Más aún, la hosptalidad local hace que hasta le ofrezcan comida si no la encuentra.
Pero la vida, con sus horarios diferentes y su menor actividad laboral, sigue en Ramadán. Y el blog también. Yo me pasaré buena parte de él fuera de Argelia, al mneos las tres primeras semanas. Y contaré otras cosas.
Tengo que colgar muchas fotos, pero la provisionalidad del blog tras haberse visto censurado no me anima demasiado a invertir el tiempo que la inclusión de fotografías requiere. Por eso he dejado pendiente todo lo que escribí sobre la Expo de Zaragoza.
lunes, 1 de septiembre de 2008
Limpiadoras
Ya tengo nueva asistenta, empleada de hogar o, como denominamos aquí por el término en francés, femme de ménage. Es la cuarta en menos de un año.
Primero tuve a una que se llamaba Samia y a la que tuve que despedir a finales de noviembre del año pasado porque me robó reiteradamente dinero. Estuve afectado unos días, porque la traición de la gente en la que confío me suele doler. Y eso que en Argel debería empezara a acostumbrarme, habida cuenta de las experiencias vividas en los últimos meses.
Contraté a Anissa, una estudiante de medicina de nacionalidad marroquí. Pronto descubrió que no me gusta encargarme de las tareas domésticas y no estoy encima de su trabajo. Como lo que desea es ser médico cardiólogo y no empleada de hogar, llevó su desidia al extremo de no dedicar más de media hora a la supuesta limpieza de mi casa, limitada a hacerme la cama y planchar, a veces, la ropa.
La tercera fue Farida, una mujer muy trabajadora. Me reclamó quince euros diarios por la limpieza, que como a todas le lleva unas tres horas. Es un sueldo muy por encima de la media argelina. Lo normal es pagar cinco euros por media jornada de trabajo de unas cuatro horas y diez euros por la jornada completa. Yo soy lógicamente conocedor de esos sueldos y también de que de los extranjeros todo el mundo intenta aprovecharse. Por eso, a las dos primeras les he pagado 600 dinares al día, seis euros. Pero con Farida no me quedó más remedio que aceptar sus condiciones.
Hace un par de meses Farida sufrió un accidente y se rompió el brazo. Al recuperarse se ha reintegrado a su puesto de trabajo, pero ha prescindido de seguir limpiando casas. Y me quedé tirado.
He preguntado a mucha gente si conocía a alguien que pudiese venir a limpiar mi casa y sólo Amín, un amigo argelino residente en España, se preocupó de conseguirme a una persona, Nadia. Me cuesta mil dinares, diez euros, que es la tarifa para trabajar toda la jornada, cosa que no hace ni necesito que haga, porque no me gusta que me preparen la comida y prefiero ser yo quien lava y cuelga la ropa. En su segundo día de trabajo, por ejemplo, ha venido a las nueve menos veinticinco y se ha ido a las once y media, dejando cosas sin limpiar porque ya no le daba tiempo.
El primer día vio que yo tengo en mi casa dos fregonas y otros dos mochos de repuesto y me preguntó por el trapo para limpiar el suelo, porque ella no sabe limpiar con esa especie de peluca con palo. Y tuve que salir a comprarle trapos. Este último miércoles estaba decidida a sacudir la alfombra por la ventana y le he mostrado cómo me traje de Bilbao mi aspiradora. Le he preguntado si sabía utilizarla y me ha dicho que sí, que el próximo día sacudirá la alfombra. Tengo la terrible impresión de que va a utilizar la aspiradora como atizador de alfombras.
En mi comunidad de vecinos tenemos a una señora mayor que limpia la escalera cada jueves a cambio de 2.250 dinares al mes, lo que supone 250 dinares para cada uno de los nueve vecinos. A mí me parece muy poco dinero para una persona necesitada y que además tiene que aportar los útiles y productos de limpieza, de modo que todos los meses he procurado pagar algo más al vecino que se encargaba de recoger mi dinero, porque los jueves yo trabajo y no le veía a la buena señora. Pero este pasado de julio estuve de baja laboral y el jueves 31 estaba yo en casa cuando vino a cobrar y pude pagarle directamente. Para mi sorpresa, nunca había recibido mi propina, posiblemente porque el vecino que recaudaba mi aportación entendía que era para él por hacer la gestión del pago de mi deuda. No creo que fuera debido a que la calidad de la limpieza no merece la propina, ya que no he escuchado ninguna crítica de los vecinos y yo no he abierto la boca. Es cierto que no la merece por el trabajo, yo se la doy porque lo necesita para vivir y porque para su orgullo personal es mejor recibir el dinero como premio al trabajo que como limosna. No obstante, he de reconocer que en España no completaría ni su primera jornada de trabajo, porque limpia aceptablemente bien la escalera, pero ni mira hacia las paredes y el techo. He aprendido últimamente que la mejor forma de resultar creíble a los lectores del blog es la prueba fotográfica; así que, para muestra, la foto con las hermosísimas telarañas que luce el rellano de mi piso.

Puedo garantizar que, aunque parezcan alas de cuervos, se trata de enormes telarañas a diferentes alturas. Una pequeñita que ha aparecido en la habitación de invitados de mi casa la enseñaré otro día, si Nadia no la quita antes. Que espero que sí.
Primero tuve a una que se llamaba Samia y a la que tuve que despedir a finales de noviembre del año pasado porque me robó reiteradamente dinero. Estuve afectado unos días, porque la traición de la gente en la que confío me suele doler. Y eso que en Argel debería empezara a acostumbrarme, habida cuenta de las experiencias vividas en los últimos meses.
Contraté a Anissa, una estudiante de medicina de nacionalidad marroquí. Pronto descubrió que no me gusta encargarme de las tareas domésticas y no estoy encima de su trabajo. Como lo que desea es ser médico cardiólogo y no empleada de hogar, llevó su desidia al extremo de no dedicar más de media hora a la supuesta limpieza de mi casa, limitada a hacerme la cama y planchar, a veces, la ropa.
La tercera fue Farida, una mujer muy trabajadora. Me reclamó quince euros diarios por la limpieza, que como a todas le lleva unas tres horas. Es un sueldo muy por encima de la media argelina. Lo normal es pagar cinco euros por media jornada de trabajo de unas cuatro horas y diez euros por la jornada completa. Yo soy lógicamente conocedor de esos sueldos y también de que de los extranjeros todo el mundo intenta aprovecharse. Por eso, a las dos primeras les he pagado 600 dinares al día, seis euros. Pero con Farida no me quedó más remedio que aceptar sus condiciones.
Hace un par de meses Farida sufrió un accidente y se rompió el brazo. Al recuperarse se ha reintegrado a su puesto de trabajo, pero ha prescindido de seguir limpiando casas. Y me quedé tirado.
He preguntado a mucha gente si conocía a alguien que pudiese venir a limpiar mi casa y sólo Amín, un amigo argelino residente en España, se preocupó de conseguirme a una persona, Nadia. Me cuesta mil dinares, diez euros, que es la tarifa para trabajar toda la jornada, cosa que no hace ni necesito que haga, porque no me gusta que me preparen la comida y prefiero ser yo quien lava y cuelga la ropa. En su segundo día de trabajo, por ejemplo, ha venido a las nueve menos veinticinco y se ha ido a las once y media, dejando cosas sin limpiar porque ya no le daba tiempo.
El primer día vio que yo tengo en mi casa dos fregonas y otros dos mochos de repuesto y me preguntó por el trapo para limpiar el suelo, porque ella no sabe limpiar con esa especie de peluca con palo. Y tuve que salir a comprarle trapos. Este último miércoles estaba decidida a sacudir la alfombra por la ventana y le he mostrado cómo me traje de Bilbao mi aspiradora. Le he preguntado si sabía utilizarla y me ha dicho que sí, que el próximo día sacudirá la alfombra. Tengo la terrible impresión de que va a utilizar la aspiradora como atizador de alfombras.
En mi comunidad de vecinos tenemos a una señora mayor que limpia la escalera cada jueves a cambio de 2.250 dinares al mes, lo que supone 250 dinares para cada uno de los nueve vecinos. A mí me parece muy poco dinero para una persona necesitada y que además tiene que aportar los útiles y productos de limpieza, de modo que todos los meses he procurado pagar algo más al vecino que se encargaba de recoger mi dinero, porque los jueves yo trabajo y no le veía a la buena señora. Pero este pasado de julio estuve de baja laboral y el jueves 31 estaba yo en casa cuando vino a cobrar y pude pagarle directamente. Para mi sorpresa, nunca había recibido mi propina, posiblemente porque el vecino que recaudaba mi aportación entendía que era para él por hacer la gestión del pago de mi deuda. No creo que fuera debido a que la calidad de la limpieza no merece la propina, ya que no he escuchado ninguna crítica de los vecinos y yo no he abierto la boca. Es cierto que no la merece por el trabajo, yo se la doy porque lo necesita para vivir y porque para su orgullo personal es mejor recibir el dinero como premio al trabajo que como limosna. No obstante, he de reconocer que en España no completaría ni su primera jornada de trabajo, porque limpia aceptablemente bien la escalera, pero ni mira hacia las paredes y el techo. He aprendido últimamente que la mejor forma de resultar creíble a los lectores del blog es la prueba fotográfica; así que, para muestra, la foto con las hermosísimas telarañas que luce el rellano de mi piso.
Puedo garantizar que, aunque parezcan alas de cuervos, se trata de enormes telarañas a diferentes alturas. Una pequeñita que ha aparecido en la habitación de invitados de mi casa la enseñaré otro día, si Nadia no la quita antes. Que espero que sí.
domingo, 31 de agosto de 2008
La tristeza del rey
Inma, que está a punto de llegar a Argel, me ha enviado una historia para que entienda que los malos momentos pasan y que mientras tanto puedo incluso encontrar una parcela de felicidad en ellos. Es Inma una persona muy vital, llena de alegría, que contagia. Y está enamoradísima del mundo islámico y con infinidad de ilusiones en la nueva etapa que abre. La verdad es que una de las cosas por las que me da rabia estar enfermo y no poder permanecer en Argel las próximas semanas es por la llegada de estas personas que contagian con su alegría y su ilusión ante el mundo que se les abre a los ojos. Es algo que a mí siempre me alimenta y me recarga las pilas.
Pero decía que me ha enviado una historia que puede ayudarme y no me resisto a transcribirla. Le he pedido permiso y dice que adelante, pero que no es suya. Sólo he hecho tres pequeños cambios. Dice así:
Conozco una vieja historia que cuenta el caso de un joven rey que no sabía que las cosas del mundo siempre están cambiando. Aunque como todos nosotros, el rey había visto pasar los días, las noches y las estaciones. No se había interesado lo suficiente en observar lo que sucedía a su alrededor. Su ignorancia, en parte, se debía a su trabajo de rey. En palacio, cualquier cosa que deseara se le daba en el acto. Nadie se atrevía a contradecirlo. Unos porque lo querían mucho y otros sencillamente porque tenían miedo de verlo enojado o porque no querían buscarse problemas. Tampoco había estado enfermo, ni siquiera conocía un simple dolor de estómago, o una fiebre o un catarrito.
Hasta ese momento el joven rey había gozado de muy buena salud. Recibía los cuidados de sus ayudantes que lo abrigaban antes de que sintiera frío y le ofrecían un buen baño, ropa ligera o abanicarlo cuando el calor era apremiante. Pero un día, sin que pasara nada fuera de lo común, el rey despertó por la mañana sintiendo una sensación rara. Era tristeza, aunque él no sabía cómo llamar a lo que experimentaba. No comprendía por qué lo afligía aquel desgano y ese deseo constante de llorar. Pero así se sintió el rey. Pidió primero ser visitado por los médicos y las doctoras de la corte. Le pidieron que sacara la lengua y dijera ¡Aaaaa!, oyeron su corazón y miraron en sus oídos, y luego concluyeron que no podían hacer nada por él, pues su cuerpo estaba perfectamente sano. El rey pensó entonces que quizá los curanderos o las yerberas tendrían algo mejor que decirle y los convocó a todos.
Ellos le aconsejaron los baños de miel, frotar un huevo por su cabeza, dar tres brinquitos antes de bañarse, poner agua a serenar con hojas de albahaca y romero, cerrar los ojos en caso de ver un gato negro, usar un collar de ajos, tomar té de canela muy caliente antes de dormir y tres cucharadas de aceite de ricino en ayunas. Pero ningún remedio surtió efecto sobre el ánimo del rey. Al final, y como última opción, alguien propuso que quizá la visita de una bruja o un mago podría ser de ayuda. Hubo un original certamen de magia en el patio del palacio. Cada uno de los participantes sacó de su sombrero alguna cosa para sorprender al rey: conejos, serpientes, lechuzas, pañuelos de colores, pedacitos de papel de colores, burbujitas de jabón y dulces. Los más expertos volaron montados en sus escobas haciendo piruetas complicadas para arrancar al rey una sonrisa. Pero todo parecía inútil.
Las comisuras de la boca del joven monarca empujaban tanto hacia abajo que comenzó a lucir pucheros a toda hora del día. Su carácter se hizo amargo, tanto, que cuando entraba en una habitación, disimuladamente y de puntitas, los presentes huían por alguna puerta lateral. Nadie quería ya su compañía. Al pobre del pastelero los nervios lo tenían tartamudo. No sabía qué hacer. Cada día, sin falta, era llamado por su majestad a la hora de los postres para recibir en sus orejas un montón de quejas. El rey se sentía igualmente infeliz si la crema estaba muy dulce como si le faltaba azúcar, incluso una cereza chueca sobre un durazno era un buen motivo para llorar o hacer berrinche.
Así de difícil era la vida en el palacio. El frío que despedía el corazón del rey pronto hizo que sus ayudantes se vieran pálidos y nerviosos. Luego el frío escapó por las ventanas y alcanzó al resto de los habitantes de la ciudad. En las calles y en las casas se hicieron frecuentes las caras tristes o enojadas, llegó el momento en que era raro encontrarse con alguna persona sonriente o amable. Se había perdido la esperanza de recuperar la alegría y esta preocupación hacía que cuando se tocaba el tema del rey, la gente terminara discutiendo a gritos. Había algunos que aseguraban que el mal del monarca se debía a un tremendo aburrimiento. Y otros decían que cuál aburrimiento ni qué ocho cuartos, que la tristeza al rey le nacía en los ojos, porque ya no era capaz de descubrir las cosas bonitas.
Cierto día, un pastor llegó a la ciudad. Traía un rebaño de ovejas para vender en el mercado. Mientras caminaba por las calles oyó, porque la gente no hablaba de otra cosa, de la tristeza del rey. Pero no tardó en darse cuenta que no sólo el ánimo del rey había cambiado, incluso los más pequeños en la ciudad se comportaban de manera extraña. En vez de correr y jugar juntos como solían hacer antes, lloraban y se arrebataban los juguetes de la mano. Sin duda, pensaba el pastor, esta especie de mal se ha extendido y ahora aflige a todos los vecinos. De regreso a su aldea, el pastor se desvió un poco de su camino para visitar a una anciana que vivía en el bosque. Quería preguntarle si su sabiduría alcanzaba a ver la cura para aquello que estaba enfermando a la gente del reino.
Ella conocía muchos secretos así es que le dijo al pastor que irían juntos a ver al rey, pero primero necesitaba mandar a hacer una joya especial con un artesano que supiera trabajar con metales y piedras preciosas. Por supuesto que el joven monarca los recibió de inmediato cuando su ayudante le anunció que una mujer anciana y un pastor se habían presentado en la puerta de palacio asegurando que traían una cura para su mal.
En cuanto la mujer sacó de una pequeña bolsita azul la joya que había mandado hacer al artesano, los presentes mostraron algo de confusión. Les parecía que era un hermoso presente, sin duda digno de un rey, pero se preguntaban de qué manera podría esa pieza curarlo. Vieron a la anciana poner en el dedo del monarca el anillo de plata fina adornado con algunas piedras de colores. En él se podía leer la siguiente frase:
“Esto también pasará”
El rey pensó que la anciana quería jugarle una broma y su mirada se ensombreció. Los ayudantes estuvieron a punto de escapar de puntitas por la puerta lateral, pero sentían una enorme curiosidad así es que esperaron. “¿Qué clase de medicina puede contener un anillo?” gritó furioso el rey. Pero la mujer le pidió un poco de paciencia y le explicó que, aunque le pareciera descabellado, podía encontrar la cura a su mal con aquel anillo. Cuando se sintiera atormentado por los pensamientos que le causaban tristeza y angustia, simplemente debía leer una y otra vez la frase impresa en el anillo: “Esto también pasará”. Y en poco tiempo llegaría el alivio.
Para sorpresa de quienes vivían en el reino, unos días después el rey se había recuperado. No es que ya nunca más sintió tristeza, esa no habría sido una cura sino otra clase de enfermedad. Sino que leyendo la frase impresa en el anillo, el joven monarca había obtenido un conocimiento precioso. Una especie de llave que le permitió observar la casa que es este mundo con nuevos ojos. Vio cómo todo, sin descanso, está continuamente transformándose. Así es que se dio cuenta que no hay en realidad qué temer, porque ninguna tristeza, ni angustia, ni miedo, ni dolor, durarán para siempre. Y también supo que sería más feliz si disfrutaba la compañía de quienes lo querían, de los juegos, de la salud, del trabajo, porque también eso, cuando llegue su tiempo, pasará.
Pero decía que me ha enviado una historia que puede ayudarme y no me resisto a transcribirla. Le he pedido permiso y dice que adelante, pero que no es suya. Sólo he hecho tres pequeños cambios. Dice así:
Conozco una vieja historia que cuenta el caso de un joven rey que no sabía que las cosas del mundo siempre están cambiando. Aunque como todos nosotros, el rey había visto pasar los días, las noches y las estaciones. No se había interesado lo suficiente en observar lo que sucedía a su alrededor. Su ignorancia, en parte, se debía a su trabajo de rey. En palacio, cualquier cosa que deseara se le daba en el acto. Nadie se atrevía a contradecirlo. Unos porque lo querían mucho y otros sencillamente porque tenían miedo de verlo enojado o porque no querían buscarse problemas. Tampoco había estado enfermo, ni siquiera conocía un simple dolor de estómago, o una fiebre o un catarrito.
Hasta ese momento el joven rey había gozado de muy buena salud. Recibía los cuidados de sus ayudantes que lo abrigaban antes de que sintiera frío y le ofrecían un buen baño, ropa ligera o abanicarlo cuando el calor era apremiante. Pero un día, sin que pasara nada fuera de lo común, el rey despertó por la mañana sintiendo una sensación rara. Era tristeza, aunque él no sabía cómo llamar a lo que experimentaba. No comprendía por qué lo afligía aquel desgano y ese deseo constante de llorar. Pero así se sintió el rey. Pidió primero ser visitado por los médicos y las doctoras de la corte. Le pidieron que sacara la lengua y dijera ¡Aaaaa!, oyeron su corazón y miraron en sus oídos, y luego concluyeron que no podían hacer nada por él, pues su cuerpo estaba perfectamente sano. El rey pensó entonces que quizá los curanderos o las yerberas tendrían algo mejor que decirle y los convocó a todos.
Ellos le aconsejaron los baños de miel, frotar un huevo por su cabeza, dar tres brinquitos antes de bañarse, poner agua a serenar con hojas de albahaca y romero, cerrar los ojos en caso de ver un gato negro, usar un collar de ajos, tomar té de canela muy caliente antes de dormir y tres cucharadas de aceite de ricino en ayunas. Pero ningún remedio surtió efecto sobre el ánimo del rey. Al final, y como última opción, alguien propuso que quizá la visita de una bruja o un mago podría ser de ayuda. Hubo un original certamen de magia en el patio del palacio. Cada uno de los participantes sacó de su sombrero alguna cosa para sorprender al rey: conejos, serpientes, lechuzas, pañuelos de colores, pedacitos de papel de colores, burbujitas de jabón y dulces. Los más expertos volaron montados en sus escobas haciendo piruetas complicadas para arrancar al rey una sonrisa. Pero todo parecía inútil.
Las comisuras de la boca del joven monarca empujaban tanto hacia abajo que comenzó a lucir pucheros a toda hora del día. Su carácter se hizo amargo, tanto, que cuando entraba en una habitación, disimuladamente y de puntitas, los presentes huían por alguna puerta lateral. Nadie quería ya su compañía. Al pobre del pastelero los nervios lo tenían tartamudo. No sabía qué hacer. Cada día, sin falta, era llamado por su majestad a la hora de los postres para recibir en sus orejas un montón de quejas. El rey se sentía igualmente infeliz si la crema estaba muy dulce como si le faltaba azúcar, incluso una cereza chueca sobre un durazno era un buen motivo para llorar o hacer berrinche.
Así de difícil era la vida en el palacio. El frío que despedía el corazón del rey pronto hizo que sus ayudantes se vieran pálidos y nerviosos. Luego el frío escapó por las ventanas y alcanzó al resto de los habitantes de la ciudad. En las calles y en las casas se hicieron frecuentes las caras tristes o enojadas, llegó el momento en que era raro encontrarse con alguna persona sonriente o amable. Se había perdido la esperanza de recuperar la alegría y esta preocupación hacía que cuando se tocaba el tema del rey, la gente terminara discutiendo a gritos. Había algunos que aseguraban que el mal del monarca se debía a un tremendo aburrimiento. Y otros decían que cuál aburrimiento ni qué ocho cuartos, que la tristeza al rey le nacía en los ojos, porque ya no era capaz de descubrir las cosas bonitas.
Cierto día, un pastor llegó a la ciudad. Traía un rebaño de ovejas para vender en el mercado. Mientras caminaba por las calles oyó, porque la gente no hablaba de otra cosa, de la tristeza del rey. Pero no tardó en darse cuenta que no sólo el ánimo del rey había cambiado, incluso los más pequeños en la ciudad se comportaban de manera extraña. En vez de correr y jugar juntos como solían hacer antes, lloraban y se arrebataban los juguetes de la mano. Sin duda, pensaba el pastor, esta especie de mal se ha extendido y ahora aflige a todos los vecinos. De regreso a su aldea, el pastor se desvió un poco de su camino para visitar a una anciana que vivía en el bosque. Quería preguntarle si su sabiduría alcanzaba a ver la cura para aquello que estaba enfermando a la gente del reino.
Ella conocía muchos secretos así es que le dijo al pastor que irían juntos a ver al rey, pero primero necesitaba mandar a hacer una joya especial con un artesano que supiera trabajar con metales y piedras preciosas. Por supuesto que el joven monarca los recibió de inmediato cuando su ayudante le anunció que una mujer anciana y un pastor se habían presentado en la puerta de palacio asegurando que traían una cura para su mal.
En cuanto la mujer sacó de una pequeña bolsita azul la joya que había mandado hacer al artesano, los presentes mostraron algo de confusión. Les parecía que era un hermoso presente, sin duda digno de un rey, pero se preguntaban de qué manera podría esa pieza curarlo. Vieron a la anciana poner en el dedo del monarca el anillo de plata fina adornado con algunas piedras de colores. En él se podía leer la siguiente frase:
“Esto también pasará”
El rey pensó que la anciana quería jugarle una broma y su mirada se ensombreció. Los ayudantes estuvieron a punto de escapar de puntitas por la puerta lateral, pero sentían una enorme curiosidad así es que esperaron. “¿Qué clase de medicina puede contener un anillo?” gritó furioso el rey. Pero la mujer le pidió un poco de paciencia y le explicó que, aunque le pareciera descabellado, podía encontrar la cura a su mal con aquel anillo. Cuando se sintiera atormentado por los pensamientos que le causaban tristeza y angustia, simplemente debía leer una y otra vez la frase impresa en el anillo: “Esto también pasará”. Y en poco tiempo llegaría el alivio.
Para sorpresa de quienes vivían en el reino, unos días después el rey se había recuperado. No es que ya nunca más sintió tristeza, esa no habría sido una cura sino otra clase de enfermedad. Sino que leyendo la frase impresa en el anillo, el joven monarca había obtenido un conocimiento precioso. Una especie de llave que le permitió observar la casa que es este mundo con nuevos ojos. Vio cómo todo, sin descanso, está continuamente transformándose. Así es que se dio cuenta que no hay en realidad qué temer, porque ninguna tristeza, ni angustia, ni miedo, ni dolor, durarán para siempre. Y también supo que sería más feliz si disfrutaba la compañía de quienes lo querían, de los juegos, de la salud, del trabajo, porque también eso, cuando llegue su tiempo, pasará.
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