lunes, 9 de noviembre de 2009

Llegada a Holanda

Han pasado unos cuantos días desde que escribí este comentario. En su momento no lo pude colgar por falta de conexión a Internet. Lo hago ahora, cuando ya estoy de vuelta a Argelia. En días posteriores colgaré otros comentarios que fui escribiendo durante mi estancia en Países Bajos.

Esta es la segunda vez que viajo a Holanda desde que trabajo en Argel. Lo hice por primera vez hace exactamente dos años, en idénticas circunstancias, invitado por los organizadores del certamen ferial para el que trabajaba anteriormente. Entonces era algo así como el colofón a dos años de trabajo y ahora es una invitación como visitante VIP, a cambio de mi presencia activa en algunos actos y estar más o menos a su disposición algunos días. Resulta divertido sentirse una especie de ex concursante de Big Brother durante cuatro días.

No sé si es culpa de la crisis económica o que uno va perdiendo categoría, pero lo cierto es que hace dos años me invitaron a un hotel de gran lujo, cinco estrellas, en el centro de Rótterdam, con todo tipo de comodidades, mientras que ahora me han enviado a uno de tres estrellas, casi fugaces, a varios kilómetros de la ciudad, sin una balda en el armario en la que colocar mi ropa ni, lo que es peor, una nevera para mis cocacolas, Muchas veces lo barato acaba saliendo caro y el taxi para desplazarme al centro de la ciudad me sale por 35 euros. Cuatro desplazamientos al día suponen 140 euros, que digo yo que será menos que la diferencia de precio entre las habitaciones de ambos hoteles. Es casi lo mismo que ocurre en Argel entre el Hotel El Djazair, caro pero céntrico, y el Hilton o el Mercure, en los que si se quiere salir sólo compensa alojarse si se va en grupo y los taxis se pagan entre varios.

Mi llegada no ha estado exenta de dificultades. En los aviones y en los autobuses me resfrío con facilidad. Existe un sistema de aireación, más exagerado en los aviones, porque además realiza la presurización de la nave, que remueve el aire y activa mi alergia a los ácaros y a la lana. Intento siempre elegir asiento de pasillo, aunque me pierda la mayoría de las vistas, donde ese flujo de aire se siente menos, pero en esta ocasión no fue posible. Total, que llegué a Ámsterdam con los primeros síntomas de resfriado y a Rótterdam hecho una pena.

A todo eso se suma la temperatura. Holanda me recibió con doce grados y una nieblilla cargada de humedad que se metía hasta los tuétanos; que será un tiempo estupendo para un holandés, pero para alguien que viene de Argel con simplemente una camisa y una chaqueta de verano, de esas que definimos como “por si a la noche refresca”, es todo un castigo. Así he empezado la relación de cosas que no me traje cuando hice el equipaje en diez minutos, empezando por algún abrigo, una bufanda y unos guantes.

Agotados los pañuelos de papel que traía conmigo y casi todo el papel higiénico de la habitación, empiezo a presentar mejor aspecto. La fiebre ha remitido y no corro el peligro de que al estornudar me acusen de padecer de nuevo la gripe porcina. Me he atrevido con un paseo por los alrededores del hotel. Es una zona residencial de chalecitos individuales, de la misma estampa que uno se imagina en Australia o en el oeste americano, de kilómetros y kilómetros de casas, carreteras, paradas de autobús, algún centro comercial, pero sin llegar a adivinar lo que puede ser el centro de la ciudad como tal. Las casas están lógicamente adaptadas a las condiciones del país y por eso muchas cuentan con jardines que dan a algún canal, en los que nadan patos y alguna que otra gaviota. Las calles son anchas y con trampas para los peatones, como en toda Holanda, porque no estoy acostumbrado a los carriles de bicicleta, los confundo con las aceras, hasta que oigo una campana a mi espalda y me retiro justo a tiempo de no ser atropellado por un ciclista.

La vegetación resulta desbordante para la vista. Todos los paseos se realizan a la sombra de los árboles, que en esta época del otoño pierden a marchas forzadas sus hojas. Es como un paseo bajo la lluvia, pero de una lluvia de hojarasca que va cayendo encima. Eso crea una atmósfera maravillosa, muy romántica. Las diferentes especies vegetales se diferencian también por la tonalidad de sus hojas secas. Así, se pasa de una alfombra amarilla a otra roja, la siguiente blanquecina y luego una anaranjada, que da paso de nuevo a una amarilla. Estos paseos románticos no están hechos para ser recorridos en soledad, así que la próxima vez tendré que buscarme acompañante y caminar juntos de la mano, con el ruido de fondo de los patos nadando en los canales. Creo que tal y como lo he contado, más de una amiga se apuntará a venir conmigo.

En mi primer paseo me he acercado hasta el pueblo más cercano y me he encontrado con dos situaciones curiosas. La primera ha sido descubrir un edificio, grande, en el que se puede esquiar y practicar deportes de invierno. Dentro había clientes esquiando, como si estuvieran en Sierra Nevada o en Candanchú. Se trataba de un espacio inclinado del tamaño de un pabellón de deportes, de modo que no se podía realizar un descenso en toda regla, pero para un país cuyo punto más alto es una simple colina en la frontera con Bélgica y Alemania, creo que hay que valorar el hecho de tener la posibilidad de esquiar por debajo del nivel del mar.

Muy cerca estaba el centro cultural municipal. He visto que entraba gente con niños y he entrado también yo. Dentro había una gran sala, el típico club social para jubilados, con varias mesas y gente leyendo. Un corrillo de hombres permanecía de pie, mientras que alguna mujer y niños que llegaban lo que hacían era que pasaban a otros lugares que no he visto y luego la mujer salía de nuevo y se iba. Los hombres, en cambio, se quedaban en esta primera sala. Había un pequeño bar, tipo club social, con unos precios baratísimos. Un café costaba 80 céntimos, como si el mismo ZP hubiese puesto los precios. Cuando llevaba dentro como cinco minutos se me acercó un hombre con la intención evidente de echarme. Me preguntó en holandés, supongo, lo que quería. Le expliqué en inglés que había visto que era un centro cultural y quería saber lo que había dentro. Me respondió, mitad en inglés, mitad en alemán, que en ese momento sólo había actividades para los niños. Su actitud era correcta, pero nada amistosa; me estaba echando abiertamente del lugar. Al salir caí en la cuenta de que tenían todos pinta de árabes, no sé si de Afganistán, de Siria o de Turquía, pero más o menos de esa región de Asia Central. Luego, desde la calle vi lo que había en otras salas; se trataba de dos clases para niños, ambas con profesoras que llevaban pañuelo en la cabeza, como muchas de las niñas. Deduje que se trataba de clases de religión para la comunidad islámica. Y así me he dado cuenta de hasta qué punto el ojo se acostumbra a una realidad. Yo no me fijé al entrar que las madres acudían con el pañuelo en la cabeza, ni me sorprendió demasiado que en la sala sólo hubiera hombres. Se me hizo normal, es la Argelia de cada día.

1 comentario:

Aureodia dijo...

Hola:

Me ha encantado leer algunas entradas en tu blog. Vivo en Marruecos desde hace años, y siempre he querido visitar Argelia.

Estoy de acuerdo contigo en que el ojo se acostumbra. Eso es bueno, significa que te has acostumbrado a la pluralidad cultural. Yo también viví durante años en Holanda curiosamente. Ojalá hubiera más gente capaz de ir un poco más allá de las diferencias superficiales entre las personas de distintos lugares.

Por último, solo una observación: Afganistán y Turquía no son países árabes (salvo una minoría en el sur).

و شكرا