domingo, 17 de mayo de 2009

La puerta

Todavía no entiendo lo que pasaba por mi mente cuando hace unos días califiqué como “anécdota divertida” lo que me ocurrió al llegar a mi casa desde el aeropuerto, cargado de un peso considerable de equipaje. Pensé además en contarlo al día siguiente, pero la actualidad me superó. De todas formas, ahora que ya la historia se ha cerrado resulta más interesante, salvo para los amantes de las novelas por entregas.

Primero tengo que poner al lector en situación. Para ello nada mejor que un poco de historia.

Entre 1991 y 1996 Argelia vivió una guerra civil. Fue un período al que los argelinos se refieren muchas veces como “los años negros”. Se enfrentaron el Estado y la insurgencia islamista con una extrema virulencia. Y, como ocurre en las guerras civiles, fue la ocasión para ajustes cuentas y denuncias entre vecinos.

En el mundo rural no sé sabía quién mataba a quién. A un pueblo podían llegar unos elementos vestidos a la forma de los integristas islámicos y llamar a las puertas de las casa. Podían ser policías disfrazados a la manera de afgana, que acusaban a los moradores de ayudar a los fundamentalistas por abrir la puerta. Podían ser integristas de verdad, pertenecientes a alguno de los grupos de la región, el AIS o el GIA principalmente, que acudían a buscar nuevos adeptos, o a llevarse mujeres para acostarse con ellas. Fuera quien fuera, cuando llamaban a la puerta de madrugada era sinónimo de desgracia para la familia.

En Argel se vivió bajo el toque de queda. A partir del anochecer no se podía circular por las calles y se escuchaban continuas ráfagas de ametralladora. Los integristas solían buscar casas en las que esconderse. Y tantos unos como otros, progubernamentales y proislámicos, aprovechaban la impunidad de la noche para buscar a sus víctimas en sus domicilios. Ante esto, la mayoría de la población optó por colocar una puerta previa acorazada a la entrada de su casa. Solía ser, y lo sigue siendo, una puerta metálica de gran grosor enclaustrada en el marco de la puerta de entrada, con varias cerraduras selladas con soldadura.

El resultado es efectivo, pero estéticamente horroroso, porque además no se disimula su carácter de puerta metálica, como la de un garaje. Y tras el fin de la guerra civil no se ha suprimido esta puerta previa, de manera que muchas viviendas cuentan con una puerta doble de entrada.

La vivienda en la que vivo es una de esas casas con doble coraza. Yo sólo cierro con llave la exterior, la metálica, porque si un ladrón es capaz de abrirla ya nada le impedirá destrozar de una patada la segunda, de modo que además de costarme la pérdida de lo que me robe tendré que pagar el arreglo de dos puertas. De esta forma me libro además de llevar conmigo cinco llaves, me basta con las dos de las puertas acorazada.

Como casi todo el mundo habrá adivinado, la mujer de la limpieza, al comprobar que yo no estaba, decidió cerrarlo todo. Y cuando llegué a mi casa me encontré en un octavo piso con el ascensor estropeado, con cincuenta kilos de equipaje y sin poder entrar en mi casa.

Estuve llamándole por teléfono a la mujer de la limpieza repetidamente, sin que me contestara. Es algo muy habitual en Argelia, no contestar al teléfono cuando no se quiere, tanto como llamarle treinta veces a la persona con la que se quiere comunicar. Pero, como yo no tengo esa paciencia, le envié un mensaje al móvil de la más sugerente: “Estoy en Argel. Le necesito urgentemente”. Entonces me llamó, le expliqué lo que me sucedía y me respondió que lo sentía mucho, que “estaba desolada”. Le pedí que se acercara a mi casa en el medio más rápido que encontrara y me dispuse a esperarle en mi rellano de la escalera.

El tiempo transcurría, mientras leía la prensa, comía pipas y hablaba por teléfono con un amigo y con el propietario de mi casa. Este último resultó providencial, porque cuando le conté lo que me sucedía y que había recogido en el buzón una convocatoria judicial a su nombre, me dijo que iba a su casa, fuera de Argel, y luego venía a la mía. Intrigado por la tardanza de la mujer de la limpieza, le llamé de nuevo para saber por dónde estaba. Para mi sorpresa me responde con un ruido de televisión de fondo, evidentemente de su hogar. Y me explica que vive muy lejos y que llegar a mi casa le lleva más de una hora, porque hay pocos autobuses. Yo estaba indignado, ¿pensaba dejarme en la calle hasta el día en el que le toca venir a limpiar a mi casa? Le grité que tomara el transporte más rápido que encontrara y que se presentara en mi casa con las llaves. El caso es que el propietario llegó una media hora más tarde y me dijo que a su vez había quedado con la mujer de la limpieza en que él ya se estaba acercando. No sé cuando hay de cierto, por los lazos afectivos (vamos a dejarlo ahí…) de mi sexagenario casero con la veintiañera limpiadora, que me proporcionó él.

Cuando el jueves siguiente llegó la mujer de la limpieza, le dije que me dejara las llaves de la puerta interior en casa, que nunca más la quiero ver cerrada. De todas formas, su nivel de comprensión es bastante bajo, porque me ha costado meses que entendiera (y no es una broma) que la alfombra del salón no me la tiene que colocar torcida y mirando hacia La Meca, que no la uso para rezar. Y todavía no ha entendido el uso de guantes diferentes para limpiar el baño, el empleo de la aspiradora o que tiene que recoger los cubiertos. Cuando a la tarde llegué a mi casa no me había dejado las llaves en la mesa, pero sí la puerta abierta… de par en par.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

pues no se si reir o llorar. Menudo cabreo que me llevaria yo en comparacion al que tu cuentas haber sucumbido.
Mi casa de Argelia tiene una de esas horribles puertas en la azotea...de lo mas extranio porque para entrar en la azotea tendria que ser uno superman o por lo menos el zorro.
Si alguna vez te da por cambiar de mujer de limpieza te puedo recomendar una.
Hasta pronto, Ines una euskalduna en Londres.

Farid dijo...

Hola, José.

Lo que no entiendo es : ¿ el por qué a los argelinos no suelen prestar atención a lo que les dicen? no lo entiendo y que soy también Argelino, entonces imaginate una persona que no sea Argelina....pués peor ....

Abrazos
Farid

José Antonio Doñoro  dijo...

Hola.
Desde luego que quiero cambiar de mujer de la limpieza (femme de ménage). Espero tu recomendación.