miércoles, 21 de octubre de 2009

Oficios perdidos

Paseando por las calles de Argel me tropiezo con estampas de mi niñez, que resultan entrañables, recuperadas de un tiempo que forma parte de mi memoria y que ya no puedo revivir en el entorno en el que me crié.

Una de mis favoritas es la de los zapateros remendones. De pequeño me encantaba acompañar a mi madre a llevar calzado a un zapatero que situaba su pequeño taller en un portal de calle del Perro, del Casco viejo de Bilbao. Muchos pequeños talleres, de zapateros, joyeros, modistas, relojeros, sombrereros, se situaban dentro de los portales de ese barrio recoleto que seguro que todos conocen. Los pequeñísimos establecimientos dentro de los portales fueron desapareciendo y ahora sólo recuerdo que persista uno, en la calle que, escribo de memoria, creo que se llama Belosticalle.

La desaparición de estas tiendas no siempre se ha debido al fin del negocio. Un buen ejemplo es el puesto de turrones de Iváñez en la calle Correo, un clásico de la Navidad bilbaína, que ahora goza de un establecimiento permanente y mucho más amplio.

Los zapateros remendones sí que han desaparecido. Aquél de la calle del Perro se jubiló y en mi familia empezamos a acudir a otro, también dentro de un portal, junto al café Bilbao que hace esquina en una entrada de la Plaza Nueva. Se trataba de un señor sordomudo. Me fascinaba comprobar que era capaz de leer en los labios de las gentes lo que querían que se hiciera con sus zapatos. Había aprendido a oír con sus ojos y a ganarse la vida con un oficio, sobreponiéndose a todas las dificultades que le había deparado la vida. Me causaba admiración y no me perdía ni una ocasión de acompañar a mis padres cuando les oía decirle que a tales zapatos había que echarles medias suelas. El zapatero era capaz de leer en los labios términos para mí desconocidos, como phillips y tafilete, que tenían que ver con las suelas del calzado.

Llegaron los zapatos por treinta o cuarenta euros y la clientela se extinguió. Arreglar un zapato podía llevar mucho tiempo y al final siempre sería un zapato remendado, mientras que por poco más de dinero se conseguía alcanzar el lujo de estrenar zapatos. El consumismo está reñido con la reparación y parece que lo que hay que hacer con un zapato usado es tirarlo para comprar uno nuevo.

Todo eso viene a mi memoria cuando veo en Argelia a los zapateros remendones. Me chocó hace unos años en Annaba ver que se situaban a lo largo de una calle, trabajando a la intemperie, mientras algunas personas se acercaban para que les remendaran zapatos que en alguna ocasión creo que ni un mendigo usaría en España. Sólo lo había visto antes en la India, pero la situación de ambos países no tenía ni tiene nada que ver. En Annaba jamás me encontré a alguien durmiendo en la calle (ahora la cosa ha cambiado, desgraciadamente), mientras que en la India hay millones de personas que han hecho de un trozo de acera su hogar. Por eso, la calle de los zapateros era simplemente una calle especializada en un oficio.

En Argel se ha producido una curiosa mutación, que no se si ha afectado a otras ciudades, porque es en Argel donde vivo. Y es que de un tiempo a esta parte han desaparecido esos zapateros remendones de toda la vida y les han sustituido otras personas jóvenes, de raza negra, que tienen toda la pinta de vivir en unas condiciones más precarias que las de sus predecesores. La verdad es que no me gusta el aspecto de marginalidad que eso aporta al oficio. Tendré que acostumbrarme.

3 comentarios:

miquel dijo...

Entiendo la sensacion de melancolia y tristeza que te invade.
En casa, mi abuelo tuvo un taller de fabricacion de calzado: tanto de zapatos de cuero(de vestir) como de alpargatas (fueron reconocidas, hasta vendio muchos años a Galerias Preciados)
Era un artesano y no quiso reconocer que la maquinaria lo iba a barrer en los años 70. En Elche y en otros lugares, lo comprendieron y dejaron KO a estos talleres familiares y artesanales.
30 años después se aprecia mucho más la alpargata y el zapato de calidad tradicional que en los 80 y los 70 donde el plastico triunfó.
Si este taller hubiera podido sobrevivir a la competencia de esos años, ahora estaríamos hablando de un marca reconocida, ya que los que han sobrevivido han conseguido posicionarse en sectores del lujo y del alto poder adquisitivo.
Las alpargatas (de esparto) se destrozan si pisas un charco o en contacto con agua, esas suelas estaban tan bien trenzadas y con una fuerza y destreza alucinantes que resistian bastante bien el agua.
En su casa, aún tenemos un stock de alpargatas muy grande, lo que pasa de numeros que son o muy grandes o muy pequeños.
A mí durante muchos años me tocó, para mi desgraciada adolescencia, calzar alpargatas y zapatos de este taller aunque no estaban de moda y estuve traumatizado por no tener mis NIKE o mis Converse. Ahora no cambiaba nada por un par de zapatos o alqpargatas de mi numero.
Esto son ciclos, y creo que los argelinos están en ese ciclo de desestimar y despreciar lo tradicional por mor de la globalización.

Espero que aprendan de nosotros, ya que no tenemos marcha atrás y los oficios ya se han perdido.

En China producen barato, pero no por eso mal, aunque no tan bien coo los zapatos tradicionales.

Este tema, ya lo trataste en el blog y estoy de acuerdo con un chica que comento: " en casa del pobre el dinero va dos veces a la tienda"

Me has tocado la fibra!!!

Saludos

José Antonio Doñoro  dijo...

Vaya, Miquel. No sabía eso. Supongo que te he alegrado el alma con mi relato.

widad dijo...

Hmmmmm, si esa calle del antiguo mercado del trigo de Annaba (Marche au blé), se me rompio el zapato a casi un kilometro de alli, pero me dio por caminar hasta alli para que me lo reparasen, me encanta sentarme en un banquito de madera al lado mientras te hace el super favor de hacertelo al momento en mitad de la acera... que recuerdos, oyeeeeeeee y mi zapato era bueno ;)

Me encanta tu blog, a ti no te conozco para que me haga especial gracia lo que te va pasando, peor lo que me encanta, y lo que me doy cuenta, es que eres muy objetivo, y eso me gusta, y me recuerdo mi dulce pais, con sus cosas buenas y malas...