domingo, 5 de julio de 2009

En la playa

Me sucedió el pasado 24 de junio. No lo he contado hasta ahora en el blog para darle un tiempo a la otra persona que fue protagonista de los hechos. Pero ahora que está fuera y que verá con más distancia lo ocurrido, no le afectará si lo lee. Que lo hará, pero me imagino que no inmediatamente.

Aunque era miércoles, se trataba de una jornada no laborable en el calendario de la administración pública española. De alguna forma resulta el equivalente a lo que en las empresas privadas es la fiesta patronal, puesto que se celebra la onomástica del patrón, el Jefe del Estado. Dejando al margen cuestiones tanto de carácter político o ideológico (la fiesta patronal) como de idoneidad del santo patrón (a falta de san acaba-de-salir-cinco-minutos en el almanaque), la fiesta es la que es. Y yo tenía día libre. Así que quedé de acuerdo con una chica argelina, estudiante que empezaba a disfrutar de las vacaciones escolares, para que me llevara ese día a una playa que estuviera bien.

Las playas de la provincia de Argel son bastante malas. En general están muy sucias y el grado de contaminación de las aguas es elevado. Casi todas ellas son además playas “juyas”, de jóvenes varones que acuden en cuadrilla a hacer el gamberro y no dejar en paz a las escasas chicas que se atreven a ir a bañarse. Una excepción es la playa de Club de Pins, pero su acceso está reservado a residentes, la mayoría altas autoridades del país que se han auto concedido de manera casi gratuita una vivienda de lujo en esa zona. Quedan otras como Moretti o La Corne d’Or, con el mismo problema de falta de higiene. Hacia el este, en Bumerdés, hay mejores playas, pero es zona de atentados terroristas; así que no quedan muchas opciones.

Me habían hablado de una playa de un gran arenal, abierta y por lo tanto menos contaminada, llamada Chenoua Plage, pasando Tipaza. La quería conocer, así que le propuse a esta estudiante argelina que se viniera conmigo. Para ella también resultaba toda una suerte poder ir a una playa acompañada de alguien que no iba a estar obsesionado con su cuerpo porque luciera un biquini, que se iba a comportar como una persona normal. Son varias las razones por las que a la playa se intenta ir en grupo, una de ellas para evitar lo que cuento más abajo. Pero sólo éramos dos, pese a los intentos de que alguien más nos acompañara, y tampoco íbamos a renunciar a pasar unas bañándonos en el Mediterráneo.

Después de una excursión hasta Cherchell, la antigua ciudad romana de Cesarea que casi ha desaparecido engullida por las construcciones actuales, rodeamos la montaña de Chenoua hasta llega a la playa. Efectivamente, se trataba de un gran arenal, mucho más limpio de lo habitual pero sin alcanzar los parámetros de lo que en España sería una playa aceptablemente para el baño. Así, pese a presentar una superficie de la arena relativamente aceptable, al escarbar aparecían todo tipo de restos dejados por los guarros de días, meses y años anteriores. La solución, como siempre, es no hacer ese tipo de cosas, dejar la arena como está y disfrutar de una playa de tipo familiar, con gente normal. Que ya es mucho en Argelia.

Lo pasamos muy bien, más tiempo en el agua que en la arena. No había mucha gente y el lugar resultaba espacioso, quitando la zona de un grupo numeroso de menores, de un campamento de verano instalado en la zona de la playa. Todo iba fenomenal hasta que salimos de nuestro último baño.

Al llegar a donde habíamos dejado las toallas, mi acompañante se dio cuenta de que faltaba su bolso, se lo habían robado. En ese momento nos sentimos como verdaderos idiotas, porque desde el agua habíamos observado a cuatro o cinco chicos jóvenes que se mantuvieron un rato junto a nuestras cosas, a un metro escaso. Yo estuve a punto de salir del agua, pero parecían estar hablando simplemente entre ellos y en ningún momento sentí que se acercaran a coger nada. Además, mi mochila resultaba lo suficientemente vistosa para que desde el agua pudiera vigilarla. Posteriormente vi a otro joven allí parado y con una riñonera negra al hombro, que ahora sé que era la de mi pobre amiga.

El robo de todas sus cosas implicaba quedarse sin documentación, sin cámara de fotos, sin móvil, sin ropa. En ese momento funcionó la solidaridad argelina y frente a la perspectiva de regresar a Argel en biquini hubo una vecina de toalla que se quitó su vestido y se lo dio a mi amiga para que pudiera volver a casa vestida.

La historia tiene una segunda parte, la de la presentación de la denuncia. Pero la dejo para otro momento.

Es una pena que haya gente capaz de estropearte de esta forma un estupendo día de playa.

4 comentarios:

Farid dijo...

¡ Qué pena !, desafortunadamente hay mucho de estos que no viven y no te dejan vivir .

Anónimo dijo...

Hola de nuevo Jose Antonio, en España también es muy habitual lo de los robos en la playa. Igual es que en nuestra cuadrilla somos raros, pero o normal no es ir a bañarse todos a la vez, para evitar que sucedan cosas de este tipo. Y si estamos dos antes de irnos a bañar esperamos a alguien que ponga su toalla alrededor para decirle si nos puede echar un ojo a nuestras cosas.

Pero vamos, que a mí no se me pasa por la cabeza ir a bañarme dejando cámara de fotos, ropa... y sobre todo mi documentación sin que nadie lo vigile. Antes, mal que me pese no me baño.

Quizá sea previsora, pero en estos tiempos es lo normal.

Saludos, SILVIA

Perla Zapata dijo...

Ay Dios... Que pena lo que ocurrió...!!!!!! como siempre nunca falta ese tipo de personas fastidiosas que arruinan la diversión >.<

Que estes bien.. saludos!

nayib nayiber dijo...

Además de verdad jajajajjaa, van locos dejando las cosas solass, yo que voy todos los días a la playa tanto en argel como en España, nunca me han robado, por que xomo dice usted siempre ha de quedarse uno en la toalla o como poco dejar la mocha en manos de una familia.
Saludos