jueves, 10 de septiembre de 2009

Una cena de ayuno

He vivido mi primera comida de Ramadán con una familia argelina. Ha sido en casa de mi amiga Nesrine, junto con sus padres y sus hermanas.

La invitación la recibí unas horas antes, de modo que pude tomar la precaución de no comer demasiado al mediodía. Me conformé con un trozo de lasaña y dejé de lado el pollo de receta india que llevaba preparado. Así, cuando Nesrine vino con su hermana Amel a buscarme, no es que tuviera demasiada hambre, pero sí que había hueco en mi estómago para comer y disfrutar de la comida sin la sensación de estar forzando la situación.

Una vez en su casa, la mesa estaba ya puesta a las siete. Y yo, con mi pierna escayolada, sentado frente a ella, enterándome de los detalles de todo lo que íbamos a comer. Instintivamente estuve a punto de probar la ensalada mechuia, pero al echar mano del tenedor caí en la cuenta de que lo que esperábamos para empezar a comer era el aviso desde el sistema de megafonía de las mezquitas de que ya se había puesto el sol. Eso ocurrió en unos diez minutos y lo que hicimos fue tomar cada uno una cucharilla y probar un trozo de calbelús, el pastel dulce de sémola que lleva una almendra encima. Y es que si no lleva esa almendra no puede ser calbelús, porque muchos argelinos me recuerdan siempre que el nombre significa literalmente corazón de almendra.

Cumplido el rito de romper el ayuno con algo simbólico, comenzamos a comer la harira, una sopa a base de patata, zanahoria, tomate y alguna que otra verdura más. La probé de forma tan simbólica como había hecho con la cuchara de calbelús, que las hortalizas y yo seguimos manteniendo nuestras distancias.

A la harira le siguieron unos bureks de dos tipos diferentes, de carne picada y de pollo. El burek, para quien no lo conozca, es una especie de rollito de primavera. También tuvimos nuestra ensalada mechuia, a base de pimiento picante, un guiso salado de aceitunas verdes y otro dulce a base de ciruelas pasas. Y, con eso, pasamos a los postres y al té que nos había preparado Merien.

Después, como buena familia argelina en Ramadán, salimos a tomar algo fuera de casa. En este caso se trató de una visita al puerto deportivo de Sidi Fredj, para degustar n helado al borde del mar.

Así vive una familia argelina la celebración diaria de la ruptura del ayuno del Ramadán. Y, gracias a la maravillosa familia de Nesrine se lo puedo contar a mis amigos.

2 comentarios:

Edel dijo...

¡Hola!
¿Qué tal tu esguince?
Interesante la experiencia del Ramadán...
Acabo de dejarte un premio en mi blog, pásate a recogerlo cuando quieras.
Un beso

José Antonio Doñoro  dijo...

Gracias, Edel.
Recibiras aqui la respuesta al regalo.
El esguince? Sigo con la escayola. Una lata, pero no tengo eleccion.
Un besazo.