martes, 14 de octubre de 2008

Tiberín

Durante los años de guerra civil argelina los cristianos fueron un objetivo claro de los grupos armados que pretendían establecer un estado islámico en Argelia. El asesinato de las Hermanas Agustinas Misioneras españolas Esther y Caridad, el 23 de octubre de 1994, puso fin en aquel momento a mi estancia y la de la empresa para la que yo trabajaba en Argelia.

Pero existe un momento cumbre, de máxima tensión emotiva, que ha pasado a la historia. Es el secuestro y posterior asesinato, en mayo de 1996, de los monjes de Tibherine (leído, Tiberín). En esa pequeña localidad de la Mitidja, la meseta argelina, cerca de Medea, un monasterio benedictino se había convertido en algo más que el eje y motor de subsistencia de la población de la comarca. En sus talleres casi todos los jóvenes de la región había aprendido a ganarse la vida. Además, habían generado empleo para muchas mujeres del lugar. Con un gran espíritu emprendedor habían logrado poner en marcha lo que en otros lugares se denomina comercio justo, que en Tiberín era comercializar directa y correctamente la producción frutícola y agrícola y realizar una transformación artesanal de los excedentes en conserva, para obtener un sueldo digno y poder incluso sufragar los gastos de las medidas sociales de solidaridad establecidas. Los monjes eran casi adorados por la población local y se había dicho que, pese a estar situados en una zona muy peligrosa, era impensable que nadie les pusiera una mano encima.

Sin embargo, una noche entró un grupo armado y los secuestró. Se dudó incluso durante unos días de la posible autoría, dudando si debido a su estrechísima amistad con muchos jóvenes de la comarca que se habían pasado a la lucha armada contra el Gobierno, su secuestro podía ser una acción de guerra sucia, una más de las muchas acciones sanguinarias que los grupos militares también emprendieron en los años más duros de una guerra civil muy dolorosa.

El secuestro coincidió con la agonía mortal del arzobispo de Argel. Medio planeta se movilizó a favor de la vida de los monjes, se convocaron multitud de encuentros de oración, muchos líderes musulmanes lanzaron llamamientos a su liberación e incluso hubo un movimiento casi espontáneo de condena entre los principales dirigentes del FIS. Todo eso no sirvió para nada, porque unos días más tarde se produjo el macabro descubrimiento de las cabezas degolladas de los monjes. El funeral, conjunto con el del Arzobispo de Argel, tuve casi tratamiento de funeral de Estado, hecho sin precedentes en una Argelia confesionalmente musulmana y se rumoreó en algún momento que se había evaluado en el Vaticano la posibilidad del desplazamiento expreso del Papa para presidirlo. Todavía hoy, Tiberín es un icono del martirio moderno y para muchos monjes poder vivir una temporada en este monasterio es su aspiración material máxima.

No todos los monjes de Tiberín fueron secuestrados y degollados aquella noche. Se encontraba de visita un monje no perteneciente al monasterio y esa circunstancia salvó al parecer la vida de otro, el padre Amédée, que dormía placidamente y que al haber desconectado su aparato para la sordera no se enteró de nada hasta unas horas más tarde.

Yo conocí al padre Amédée el año 1998. Me lo presentó Ventura, al que envío mi más cariñoso abrazo allá donde su búsqueda de la cercanía de Dios y la paz interior le hayan llevado. Tenía la presencia física de un anciano venerable, pese a que su edad era en ese momento de 78 años. Francamente, nunca le hubiese echado menos de 90, pero el terrible sufrimiento del cruel asesinato de todos sus hermanos le había avejentado hasta el extremo. Cuando el año 2001 se vio que el regreso a Tiberín contaba con todo tipo de dificultades impuestas por las autoridades argelinas, que no querían arriesgarse a que se repitiera un atentado por la notoriedad y carga mítica del lugar, algunos padres fueron abandonando Argelia, entre ellos Amédée que se trasladó a vivir a Marruecos.

El pasado 27 de julio falleció en el monasterio francés de Aiguebelle el padre Amédée. Tras una dolorosa separación de diez años de sus hermanos, impuesta por un grupo terrorista, se habrá producido ese gozoso reencuentro en el cielo. Descanse en paz.

2 comentarios:

Ignacio María Doñoro de los Ríos dijo...

Los santos son capaces de todo.
Recordad el funeral de Juan Pablo II o el de la Beata Teresa de Calcuta reuniendo a gentes de todas las religiones,la presencia de aquellos que se declararon sus enmigos....Donde no hay amor pon amor y sacarás amor.
Gracias por el relato.

José Antonio Doñoro  dijo...

Gracias a tí por el comentario.