viernes, 15 de agosto de 2008

Necesito hacer yoga

Hace tiempo que no escribo realmente sobre mí. Lo siento. Es fruto de una serie de factores. Por una parte, he cedido a la presión de quienes me han recomendado no ser tan sincero, tan directo, en parte para no mostrar mis debilidades ante una pequeña manada de hienas con ganas de hacerme daño. Y en parte para no molestar a nadie, porque uno se crea enemigos que se creen poderosos cuando realiza un ejercicio de sinceridad.

Estoy de baja laboral por enfermedad desde hace ya un tiempo. Empecé a sentirme mal a primeros del pasado mes de junio. Había soportado durante meses una presión sicológica muy superior a la que sé que soy incapaz de aguantar. Ya he contado anteriormente lo que a nivel personal supuso trasladarme a vivir a Argel y cuáles eran mis apoyos anímicos, mis ilusiones. Muchas de esas ilusiones se las llevó Al Qaeda el pasado mes de diciembre y desde entonces estuve dando tumbos, mucho más susceptible de lo normal y más necesitado de apoyo que nunca. Y no siempre lo encontré.

Pese a haberlo dado todo, pensar mucho más en los otros que en mí mismo, cometiendo sin duda muchos errores pero jamás malintencionados, en junio me di cuenta de que aquello de calumnia que algo queda había cuajado, que acusarme en falso funciona y me rendí ante la impotencia, la de no poder demostrar que uno no ha hecho nada de aquello que otros pueden llegar a creer. Me empezó a cubrir un sentimiento inmenso de desilusión, de apatía, de tristeza, del que no me he recuperado.

Estuve muchos días tristísimo, pasándome horas con los ojos llorosos. Me llegaba a meter en la cama a las nueve de la noche para llorar a gusto mi decepción. Creo que en ese momento aún tenía solución. Pregunté a varias personas por un médico que me atendiera y la respuesta fue la promesa de una baja médica para que me fuera a casa. Pero pasaban los días y yo seguía allí. Me di cuenta demasiado tarde de que se trataba de promesas vagas, porque nadie creía en mi estado de salud y más bien pensaban que quería ausentarme del trabajo con alguna excusa. Sorprendente cuando viene de gente que me ha visto trabajar hasta la madrugada y dedicar mis ratos de ocio al trabajo. Pero de hecho sé que todavía hay gente que lo cree así, que piensa que es muy poco profesional llevar un mes y medio sin trabajar y tener en la cabeza planes para viajar. Si estuviera enyesado o en silla de ruedas nadie pondría en duda mi incapacidad para trabajar, pero cuando la baja es psiquiátrica no se piensa que el primer día de trabajo acabaría respondiendo mal a mis jefes y a los clientes, que no aportaría lo que de mí se espera, que terminaría por hacer cualquier tontería, porque estoy verdaderamente incapacitado para el trabajo.

Acudí al médico más cercano a mi domicilio simplemente preguntando por la calle. Fue puro azar, pero di con un gran doctor. Se dio cuenta de mi estado y me atendió con gran tacto. No le hizo falta mucho tiempo para decirme que el mejor tratamiento lo recibiré de un médico de mi país, que de permanecer en Argel tardaría quizás años en recuperarme. Y me extendió una baja laboral inicial de 30 días para que pudiera iniciar el tratamiento en Bilbao.

Con la baja en la mano intenté acabar los temas de trabajo que tenía pendientes, me parecía injusto dejar el trabajo a los demás. Fue un error, porque me sirvió para ver la cara más cruel de quienes aprecio y sin embargo parecían disfrutar asistiendo a mi mayor hundimiento personal. Al menos así lo veía yo, en mi enfermedad, durante esos días siguientes. Quizás podría quitar caretas y clasificar a la gente por el número de veces que se han interesado por mi estado de salud.

En Bilbao me han dicho que puedo estar de baja hasta mediados de noviembre. De todas formas, no sé si para darme la razón del idiota, me han consolado diciéndome que si tan interesado estoy en regresar a Argel en octubre, que lo podré hacer. Mientras tanto, la receta es tan atípica como intentar salir, viajar, planificar, organizar, hacer todo aquello para lo que en Argelia encuentro limitaciones y que me gusta. En definitiva, ilusionarme. Lo estoy intentando y he ido un día a la playa de Plentzia con Ismael o he estado en la Expo de Zaragoza, pero no salgo del agujero.

Aunque desaconsejado por el especialista, he intentado seguir el tratamiento en Argel e incluso me planteé acudir al trabajo. Esperaba que al estar desvinculado oficialmente del trabajo, la vida diaria no me afectaría demasiado, gracias a la presencia de compañeros y amigos. Y que al cabo de unos días encontraría satisfacción en la actividad laboral. Me equivoqué, ya antes de ir comprobé que tendré que pagar este curso una factura injusta, un peaje laboral, consecuencia de actitudes ajenas a mí en el trabajo. Y pese a contar con el apoyo impagable de la presencia de un amigo en casa, de Carlos, esto no me ha sido suficiente para hacer frente a tres problemas de menor importancia. Se trata de la recuperación de mi permiso de conducir, de la renovación del contrato de alquiler de la vivienda y de la sustitución de la mujer de la limpieza. Después de una semana en Argel no había tenido fuerzas para arreglar ninguno de los tres. Y estaba tan susceptible que un pequeño reproche de un muy buen amigo, Rafa, me llegó al alma. Fui a adquirir un billete de avión para regresar tres días a Bilbao y que me viera mi médico y la situación en la agencia de viajes me rebasó. Cometí el error de ir solo, pero no puedo esperar que en todo momento haya alguien conmigo. Me tuvieron esperando casi tres cuartos de hora y perdí los nervios. Luego no existían billetes para la fecha que yo buscaba y me daba la impresión de estar prisionero en Argel. Vi la posibilidad de adquirir un billete para unas horas más tarde y no lo dudé un instante. El precio me daba igual y es mejor no recordarlo.

La solución no es quedarme en Bilbao y no lo voy a hacer. Me temo que no esté curado para el mes de septiembre y ya doy por descontado que si durante el Ramadán estoy en Argel me arriesgo a que me expulsen del país. Estoy escribiendo esto en Bilbao, pero creo que lo colgaré dentro de una semana, el día 15, cuando ya esté de regreso en Argel.

Aunque la mayoría de quienes acceden al blog son mis amigos de Bilbao, que es para quienes me puse a escribir, en los últimos meses he entrado paulatinamente en el ordenador de mis nuevos amigos relacionados con Argel, muchos de ellos miembros de la colonia de expatriados. Y a éstos en general me quiero dirigir para pedir un favor.

Me conocéis hasta el punto de ser conscientes de mi dependencia afectiva. Asumo que además sois mi familia en Argelia. Y lo escribo con orgullo. Pero no puedo resultar una carga para nadie, necesito alcanzar un grado de autosuficiencia por encima de mis episodios de ansiedad. Me han dicho que me conviene practicar yoga, algo que por otra parte no he hecho en mi vida. Creo sinceramente que mi reincorporación a Argel pasa por contar con unas clases de yoga. He buscado un gimnasio, pero no he encontrado nada, excepto uno en el valle de Hydra que no admite hombres en clase de yoga. Por eso, si alguien sabe de un centro en el que pueda recibir esas clases, o de alguien que pudiera ofrecérmelas de modo personal, o de un grupo que practique el yoga y acepte incorporarme,… no sé, si alguien puede echarme una mano, le pido que por favor lo haga.

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