lunes, 16 de febrero de 2009

Como en Fama

En aquella serie titulada Fama, de la televisión a blanco y negro (al menos en mi casa), cada capítulo se iniciaba con una frase que ha pasado a la historia. La pronunciaba la profesora Grant ante sus alumnos, entre los que estaba una jovencísima Janet Jackson, eclipsada por los personajes de Leroy Johnson, Danny Amatullo, Coco o el entrañable profesor Shorofsky. Decía más o menos así:

"Tenéis muchos sueños, buscáis la fama; pero la fama cuesta. Pues aquí es donde vais a empezar a pagarla, con sudor".

Mi toque nostálgico de hoy tiene que ver con el precio de la delgadez, que cuesta y estoy pagando con agujetas.

Ayer domingo fue un día muy completo. Trabajé, como todos los domingos, si bien es verdad que desde hace unos meses no sé si a esto se le puede llamar exactamente trabajo. Pero, vamos, que fui a la oficina. Después quedé con un amigo Hakim, que me quería presentar a una amiga suya, Imène, que habla castellano y que busca la forma de conversar con hispano parlantes que le permitan conservar el nivel adquirido durante su época recién finalizada de estudiante. Digo yo que deberíamos hacer algo para reunirnos un par de veces por semana con gente que habla castellano y hacer cualquier cosa, con la sola condición de utilizar el castellano como lengua vehicular (lo escribo así para que vea Tontxu Campos, el Consejero de Educación, del Gobierno Vasco, espero que ya por poco tiempo, que me he quedado con su terminología).

La conversación con Imène y Hakim fue muy agradable, pero las caravanas que se forman en la zona de Ben Aknoun todos los días de cuatro a seis de la tarde me hicieron perder la misa a la que suelo acudir en la Casa Diocesana, de modo que tuvo que ir a la iglesia de la Placette de Hydra, donde presidía la celebración el arzobispo emérito de Argel, Monseñor Tessier, a quien todo el mundo llama "le Père Tessier".

Después acudí al gimnasio del Hotel El Djazair. Me regalé una sesión completísima. Empecé con unos estiramientos y luego algo más de media hora de correr en cinta a buena velocidad, para quemar el mayor número posible de calorías. De ahí a la sauna. Después acudía a nadar unos largos en la piscina y relajarme un rato en el jacuzzi. Y para completar la sesión, un hamman, que sólo se diferencia de la sauna en que el calor es húmedo en lugar de seco. El broche final lo puso un masaje que casi acaba conmigo.

A las once y media de la noche me fui a cenar pinchos morunos (aquí llamados brochetas) enfrente del Ayuntamiento de Hussein Dey. Mi intención era cenar algo sano y pedí seis pinchos de pechuga de pavo. No es mucha cantidad, porque los pinchos de Argelia son muy pequeños en comparación con los que se sirven en España, aunque nadie puede negar que los genuinamente morunos sean éstos, de verdadera tierra de moros. Viendo que, pese a todo, aquello podía no ser suficiente, pedí otros tres pinchos de algo que se ofrecía en un plato situado al lado. Grave error. Aún no sé lo que me comí, pero tengo la sospecha de que se trataba de trozos de esófago de cordero. Todavía lo estoy digiriendo a estas horas de la mañana (cuando escribo, antes de ir a trabajar, aunque lo publicaré a la una de la tarde).

Levantarme ha sido difícil por la mañana. Apenas podía agacharme, no sé si por las agujetas de la gimnasia y por el masaje. En fin, que la delgadez está claro que también cuesta.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

ánimo. Ya sabes que el esfuerzo tiene su recompensa, pero, joder que hambre se pasa !!!, bueno, más que hambre, son las ganas de comer cosas que no se debería, no?
Sgto.

José Antonio Doñoro  dijo...

Sí, es verdad, son las ganas de comer más que el hambre.
Un abrazo.