viernes, 21 de noviembre de 2008

Vuelta al cole

Contaba ayer mi viaje de regreso a Argel y corté la narración al llegar a mi casa. Voy a recuperar el relato.

Pude subir hasta mi octavo piso en ascensor, posiblemente porque los vecinos no eran sabedores de que llegaba esa noche con una maleta de 28 kilos.

La única vez que había intentado abrir la puerta de mi casa, el día de la mudanza, fui incapaz de lograrlo. A un profano puede parecerle un síntoma de inutilidad, que no niego que la haya hasta cierto punto, pero abrir puertas no resulta sencillo en Argelia. En mi casa cuento con dos puertas de entrada, la de madera que todos conocemos, la de toda la vida, y otra metálica que se abre hacia afuera, que sería como una verja si no fuera porque se trata de una chapa metálica de acero. Mi apartamento no resulta excepcional en esas medidas de seguridad; son muchas las casa argelinas que entre 1989 y 1993 colocaron un aparte adicional acorazada en sus pisos. En aquellos momentos se vivía una guerra civil, con toque de queda a partir de las siete de la tarde, si no recuerdo mal; si alguien llamaba a la puerta por la noche era muchas veces para llevarse a algún miembro de la familia, al que no se volvía a ver. Las denuncias entre vecinos y antiguas rencillas personales que acababan con el cuello degollado estaban a la orden del día. En esas circunstancias las viviendas se convirtieron en búnkeres que no se abrían a nadie.

Mis dos puertas tienen un total de cinco cerraduras y en mi caso tenía la suerte de que además coincidiera con el número de llaves. Pero muchas cerraduras se abren en sentido inverso, porque es habitual en Argelia no cuidar los detalles y comprar la cerradura sin pensar si es para una puerta que abre hacia la izquierda o hacia la derecha, ya que todo se soluciona colocando la cerradura del revés. Cuando no se conoce previamente la puerta, suele ocurrir que la existencia de varias cerraduras no permite adivinar si se está abriendo o cerrando hasta dar con la combinación de todas las cerraduras abiertas.


El miércoles noche tenía que haber ido a jugar a un casino, era mi noche de suerte. Sólo erré dos veces en la apertura de la puerta y en menos de un minuto entré en mi nueva casa.

La primera sorpresa fue comprobar que la calefacción estaba encendida. Deduje que había estado la mujer de la limpieza del edificio. Y yo que pensaba que se olvidaría, porque el día de la mudanza estuve con ella medio minuto y le pedí que hiciera limpieza general de entonces en tres semanas, como se dice en mi tierra. Y tocaba este pasado lunes. Eso me creó la duda de desconocer quién le había pagado por mi. Puede haberlo hecha la vecina, a la que ni siquiera conozco, cosa que no me extrañaría porque en Argelia todavía se da esa solidaridad entre la gente que se ha perdida en nuestra tierra.

La mujer de la limpieza de mi escalera no destaca por la calidad del que debería ser su trabajo, la limpieza. Más bien creo que para ella limpiar es anegar el suelo de agua y luego recogerla, sin más. Tampoco le puedo abroncar por ello, así es como limpia, o dice limpiar, la mayoría de la gente. Pero en esos momentos, apoyado en la puerta y con una mueca de sonrisa en la boca, me quedé pensando que había puesto muy buena voluntad, porque lo mejor de todo es encenderme la calefacción y sólo eso es para ponerle un monumento, dado el frío que estaba haciendo esa noche en Argel.

Al pasear por la casa vi que había intentado colocarme algunas cosas en su sitio. Pocas, porque sólo tengo un armario en la cocina y sin que pasen antes sanidad y un servicio de desinfección resulta arriesgado guardar cosas en él. Pero mi empleada de hogar sí había asumido el riesgo con mis cosas, que así lo hace cualquiera, y me había guardado lo que a ella le parecía más adecuado. Y pude encontrarme un jarrón de barro antiguo junto a los ingredientes de cocina. Y no era lo más divertido.

En el frigorífico de la casa, el único electrodoméstico heredado, me había guardado la comida preparada. Y en las baldas de la puerta del refrigerador la leche, los zumos (seguro que tenía sed, porque dos de ellos estaban empezados)… y el recambio de jabón líquido de las manos. Debió pensar que se trataba de crema de champiñones

En el cuarto de baño me había colocado mis productos de limpieza, pero junto a ellos dos que no tienen mucha relación: la pintura reparadora del coche y el quitamanchas de la ropa. Si me hiciera metrosexual, éste último podría servirme para limpiarme el cutis por la mañana, pero no me veo maquillándome con pintura metálica para coches.

En la estantería de los adornos me había colocado, muy mono él, el cepillo de las uñas. Lo entiendo, porque tiene un diseño original, de dos cepillos unidos, lo que a cualquiera le podría hacer pensar que Y las zapatillas de casa al borde del canapé del salón, que tiene su lógica al tratarse de la única cama montada de toda la casa.

La verdad es que todos estos detalles me tenían obnubilado, sumido en un encantamiento. A esas horas de la madrugada, sin saber cómo ni dónde dormir, me sumí en mis reflexiones. Se trata de una señora mayor que seguramente no sabe hacerlo mejor. Pero da la impresión de trabajar con amor. La verdad, dudo mucho que pueda llegar a hacerle limpiar y además yo ya había pensado en otra persona que no tiene a buen seguro tanta necesidad de dinero. Ahora me enfrento a un dilema, dejarme llevar por los sentimientos o por la razón. Y creo que todos suponemos lo que me va a volver a ocurrir.

Al cabo de un rato desperté a la realidad, yo ahí, como atontado, a las tantas de la madrugada, sin disponer de dónde guardar las cosas. Así que decidí dejarlo todo como estaba y buscar una esquina en la que descansar algunas horas. Coloqué inicialmente el colchón de mi cama en el suelo, pero con esa rinitis alérgica (me he aprendido el nombrecito) que llevo arrastrando y que los viajes no hacen más que empeorar, la cercanía con la suciedad era una llamada a los ácaros para que vinieran a dormir conmigo. Luego lo intenté en el canapé del salón, que al menos parecía más apropiado para el saco de dormir, único elemento de abrigo que encontré. Y allí, cuando a la 5:38 de la mañana dejó de berrear el vecino de la mezquita que parecía estar haciéndolo dentro de mi misma casa, me acosté. La excitación nerviosa también desempeña su papel en esta historia porque, quiera o no, la vuelta al trabajo es como la vuelta al cole de los niños y yo estaba ante la víspera de encontrarme con mi maestra y mis compañeros de clase.

Detalles como la ducha de agua fría (perdón, quiero decir de hielo en estado semilíquido) por no ser capaz de encontrar la forma de que funcionara el calentador no pasan de ser anécdotas secundarias. Creo que es más divertido contar que por la mañana recibí la visita de mi propietario. Él no sabía de mi llegada y venía a arreglar una persiana. Y entonces supe que la entrañable mujer de la limpieza no había puesto un pie en mi casa y había sido el propietario quien me había estado sacando las cosas de sus cajas y bolsas, distribuyéndolas por donde consideraba más adecuado.

Siendo coherente con el menor papel que quiero que represente mi vida laboral en esta nueva etapa, poco que contar del reencuentro con la mesa de despacho. Ha sido una alegría descubrir que no sólo se comprende sino que parece que se comparte que tengo una hora de entrada, otra de salida y que están ahí para ser respetadas.

Y del resto de lo ocurrido durante el día decir que un informático con 50 kilos de sobrepeso me tiene tan contento que se va a llevar una cornada. He vuelta a saludar a compañeros, conocido a alguna persona nueva y recibido buenas y malas noticias del reciente discurrir personal de los compañeros de trabajo que más aprecio.

Al volver del trabajo con Omar, que se había prestado a ayudarme, me encontré con que mi casero no se ha dado aún cuenta de que ya no vive en el que es su apartamento. Estoy seguro de que conceptos como la nuda propiedad y el usufructo no le son extraños y no sé porqué no los aplica a su caso de arrendador. Se había pasado allí todo el día, había abierto cajas para encontrar la forma de proveerse de comida, platos, cubiertos y vasos. Y me había colocado aún más cosas en la forma en la que él las colocaría en su casa; sólo que se trata de la mía. Incluso la compra que acababa de hacer en el supermercado que está debajo de mi casa y que dejé en una sala, me la sacó de su bolsa y la distribuyó según su antojo.

La verdad es que toda esta historia no me molesta demasiado. Esto de encontrar un padre adoptivo en Argelia resulta enternecedor. Lo que peor llevo es el concepto de la higiene. Si he buscado incluso compartir piso en Argelia es porque me tomo las diferencias de forma divertida y con tolerancia. Respecto al orden y al sentido de la propiedad, pienso que me viene bien poner a prueba mi grado de sociabilidad. Pero lo que no soporto es la suciedad. Si en mi casa no he tenido nunca una cucaracha o cualquier otro insecto es porque no dejo los rincones sucios, las cazuelas mal limpiadas, o una simple salpicadura de orín en el retrete. Como no me gusta limpiar y me puedo permitir en Argelia que alguien lo haga por mí, cuando tengo invitados recurro a utilizar con más asiduidad los servicios de la mujer de la limpieza y todos tan contentos. En esa filosofía, que mi propietario me guarde los objetos de cocina en un armario que no ha sido previamente limpiado me produce repugnancia. No puedo negarlo.

La reflexión que acabo de realizar creo que no la he expuesto nunca en público. Considero que el standard de limpieza e higiene está en Argel bastante por debajo del que se emplea en España; pero también creo que muchos argelinos entenderían esta opinión sincera como algo ofensivo. Incluso escrita aquí molestará a alguna persona, dentro del reducido grupo hispano parlante, que no entenderá que estoy generalizando y que gente limpia y sucia la hay en ambos países.

Así transcurrió mi segundo día en Argel en esta etapa. Cuando escribo estas líneas aún no me he acostado. Iba a hacerlo en el mismo sofá que la primera noche, pero Omar se ha quedado a dormir en mi casa y se ha hecho con el espacio y con mi almohada. Como mi habitación rebosa de polvo a cuenta de las maderas del mueble que no hemos podido montar, haré la prueba de pasar allí la noche y si no me tocará buscar una nueva alternativa.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Jose Antonio,

La verdad no paro de reirme con tus relatos de mudanza, no se puede creer !!!!!!!!
( el traslado de tus cosas y la locura de los changarines, el ayudante que te quiso asaltar, la vecina que te bloquea el ascensor, el taxi destartalado, el dueño que no se termina de ir....)jajajajaj pero mientras sigo leyendo, ... pienso,
si me ocurre a mi? , no se si reir o llorar, creo que LLORAR.
Me han contado miles de veces acerca de la calida y amable Hospitalidad de los Argelinos, ahora, de ahi a que el dueño se meta en la casa, te revuelva tus pertenencias y disponga de tus espacios..... me parece Too much, es todo tan bizarro,jajajajaja
(y lo peor es que todo es verdad)

Bueno, mucha suerte en los proximos dias.
Un abrazo
DIANA

Anónimo dijo...

"Y en las baldas de la puerta del refrigerador la leche, los zumos y el recambio de jabón líquido de las manos. Debió pensar que se trataba de crema de champiñones". Me he partido de la risa porque mi cuñada, q es argelina me hizo lo mismo cuando vino a casa. Me estaba enseñando a hacer "misfouf" (couscous dulce) y al decirme que se acompañaba con "laben"(leche semifermentada)ME SACO DEL FRIGO EL JABON LIQUIDO DE LAS MANOS QUE ELLA MISMO HABIA METIDO ANTES. La cara que se me puso jeje. Menos mal que nos dimos cuenta a tiempo del error, xq el sabor no hubiese sido el mismo :D

ISABEL

Anónimo dijo...

"Y en las baldas de la puerta del refrigerador la leche, los zumos... y el recambio de jabón líquido de las manos. Debió pensar que se trataba de crema de champiñones". Me he partido de la risa al leer esto porque mi cuñada, que es argelina, me hizo lo mismo cuando vino a mi casa. Me estaba enseñando a hacer "misfouf" (couscous dulce) y al decirme que se acompaña con "laben"(leche fermentada)SACO DEL FRIGO EL JABON LIQUIDO QUE ELLA MISMA HABIA GUARDADO AHI ANTES. Je je la cara que se me puso. Menos mal que nos dimos cuenta del error a tiempo porque sino el sabor no hubiese sido el mismo :D

José Antonio Doñoro  dijo...

Hola, Isabel.

Al menos un cuscus digestivo, para dejar el estomago bien limpio. No se me habia ocurrido que lo confundiera con Leben.

Y gracias, Diana, por el comentario. Si, suena raro pero es cierto.